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Manuel Juliá
Lunes, 6 de marzo de 2017
OPINIÓN

Los tontos que sueñan

Por Manuel Juliá

Confieso que siempre he considerado un muermo insufrible los musicales. Me recuerdo de niño observando a un tipo con un paraguas dando saltos por las aceras de París. Me preguntaba que a qué venía tanta alegría con el chaparrón que le estaba cayendo encima. Soy de una tierra seca en la que cuando caen cuatro gotas nos enclaustramos en casa, o si nos pilla por ahí, nos metemos en los soportales a ver como la bruma de la lluvia choca con el asfalto y las aceras. También recuerdo haber visto de niñoEl hombre de la Mancha, y salvo la hermosa canción del sueño imposible, cada vez que la música rompía los diálogos me enfadaba. Por cierto que la canción, traducida al español (que pena no hubiéramos visto las películas originales con subtítulos, como hay que verlas) me hacía llorar como una magdalena (así decía mi madre). Sobre todo porque me daba mucha pena ese señor tan flaco, rubio, con los ojos azules, que decía era Don Quijote y quería ayudar a los desgraciados pero al final era el más desgraciado de todos. No me gustaron las canciones interminables. Sí la historia. Me generó el deseo de leer un Quijote de Austral con dibujos que había en mi casa.

 

En la juventud, acompañado de la novia, ritual imprescindible de la época, recuerdo que vi en un cine de verano (por qué narices han desaparecido, seguro que ha sido por la voraz burbuja urbanística) un filme ganador de un montón de Oscar y que recordarán. Se llamaba West Side Story. La historia de amor me encandiló. La veía abrazado a mi dulce acompañante. Pero cuando más romántico me sentía se ponían a bailar las bandas en las callejuelas, dando saltos increíbles, cantando cada dos por tres y me rompían el hechizo. Entonces me invadía el aburrimiento. Aquel día, bajo un cielo de agosto lleno de millones de estrellas, no me salí del cine por no dejarla sola. Pero cierto es que me aburrí hasta la extenuación. Además la película duraba varios cientos de horas.

 

Así que imaginen lo que me resistí a ir a ver La La Land cuando mi hijo me pidió que le acompañara a verla. Fui porque a ver quién no satisface a su hijo si le pide algo. Pero llevaba todos los controles encendidos. Sin embargo tengo que reconocer que la peli me enganchó desde el primer momento. Gocé cada canción, cada baile, cada ambiente. Todo era belleza, gracia, sensibilidad. La música de Justin Hurwitz me atrapó. La canción que más me gustó es la que canta Mia (Emma Stone) referida a su propia experiencia, a su sueño de juventud en el duro y extraño mundo de Hollywood. Habla de los poetas, los pintores, los actores, de los tontos que sueñan. La sentí con una nostalgia oscura. Los años han pasado y ya no soy el niño o joven que soñaba con la poesía. Pero al ver La La Land un trozo de aquel tonto que fui salió a mi corazón. Sonrió y volvió a meterse dentro de él, donde como antes nadie pudiera verle, ni siquiera yo mismo.

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