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Manuel Juliá
Lunes, 17 de abril de 2017

Carne y espíritu

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Por Manuel Juliá

En el silencio de una calle oscura, viendo nazarenos con una penumbra en sus dedos que apunta al universo, me olvido de mi percepción de la Semana Santa como tumulto festivo, espectáculo callejero o festival fúnebre de sotanas y rastreo en la memoria. Así como las navidades llenaban de luz el brioso concepto de la familia, y cada vez que suenan las campanillas veo bandejas de dulces llevadas por unas manos maternales, con la Semana Santa me emerge el adolescente quieto en una esquina, o en un balcón, mirando el rostro de un Cristo amado lleno de sangre, preguntándose por el sentido de la vida y el dolor y la felicidad, intentando entender a un Dios omnipotente que crea un mundo imperfecto y luego envía allí a su único hijo para sufrir el tormento de la injusticia.

 

La belleza de las sombras en la madrugada, el brío de los portadores de imágenes, la cadencia monótona y triste de la música creaban un aire místico en mi interior, y en donde los amigos solo veían unos días de fiesta y regocijo yo me perdía en un mar de dudas intentando entender esa extraña comunión entre Dios y la multitud. Un año en Córdoba, dentro de la belleza oscura de una plaza que acogía al Cristo de los Faroles, sentí una mano que me acariciaba el rostro con una ternura infinita y me calmaba el corazón lleno de dudas. Una magia profunda que enlazaba la oscuridad del universo, algo rota ya por la madrugada, y el silencio de la gente viviendo una comunión indescifrable me había embargado, encontré un sentido veraz en el dolor de toda aquella gente apenada por la muerte de un Dios sobre la tierra. Pero enseguida por todas partes la meditación se convertía en un festejo que pasaba por alto las profundas verdades de ese Dios, y volvía la contradicción angustiando mi alma adolescente.

 

Las imágenes y las luces, las calles murmurantes, las parodias herejes, las risas y voces invasoras de la belleza de esa comunión entre la fe y el dolor de un Dios, han situado en mi mente la Semana Santa como una fiesta cualquiera del almanaque que solo es religiosa cuando la salva la memoria. Toda esta explosión de imágenes, tumultos, folclore divino, no ayuda a una verdadera comunión con ese enigma llamado Dios. Para ver a Dios el alma debe irse "quitando quereres", dice con belleza poética San Juan de la Cruz.

 

Por supuesto que sí entiendo, y me parece positivo, el fenómeno de la Semana Santa como oferta turística y vacacional. Ayuda al PIB y punto. Y quizá tampoco me parece despreciable entenderla como una gran manifestación contra nuestra soledad en el universo, contra el silencio de lo oscuro, pues al fin y al cabo nuestra pequeñez, soledad e ignorancia, requiere algún tipo de protesta. Aunque sea de alegría popular en algunos sitios, y de fúnebre tristeza en otros.

 

 

CARNE Y ESPÍRITU II

 


Tengo una relación confusa con la Semana Santa. Quizá porque no soy capaz de entender esa mezcla que se produce entre mi concepción de lo divino y su expresión multitudinaria que termina, las más de las veces, en tumulto festivo, espectáculo callejero o festival fúnebre de sotanas o como queramos llamarlo. Yo concibo lo deífico desde una perspectiva más antropológica que teológica, más ligado a lo incognoscible de los misterios de la existencia que a las percepciones mitológicas, siempre impregnadas de una ignorancia que el desarrollo de la razón humana va diluyendo. Decía Voltaire que le gustaban más "Las metamorfosis" de Ovidio o los "Trabajos y los días" de Hesiodo que La Biblia, todos libros que engloban una cosmogonía. Encontraba en la cultura griega y romana más valores literarios que en la cultura judaica. Sin embargo creo que en La Biblia existen libros (El Cantar de los Cantares, El Génesis, El Eclesiastés…) que nada han de envidiar a Ovidio y Hesiodo. Siempre hablando, claro, desde una perspectiva literaria.



Pero vuelvo al principio. No entiendo el festival de luces y sombras que envuelve las ciudades buscando ese diálogo divino que yo solo puedo entender íntimo, enigmático, aislado del mundo, porque creo, como dice Lao Tse, que si hemos de creer en Dios lo primero que hemos de aceptar es que es imposible nombrarlo o definirlo con nuestra razón, pues "el Tao que puede ser nombrado no es el verdadero". Solo con la fe, o con el deseo o con la imaginación es posible acercarse a ese misterio, y por más que lo pienso todos esos sentimientos me cuesta entenderlos alejados de ese proceso interior en el que uno mismo siente, más que conoce o piensa, que esta vida ha de tener algún sentido más allá de la pura química o física, de la realidad de la materia. Pero en todo caso siempre lo siento envuelto en el enigma más que en tantas representaciones humanas o certezas interesadas. No olvidemos como se ha usado ese necesidad de Dios, durante la historia, para dominar la vida presente en base a una supuesta vida futura que unos pocos conocen y sobre la ignorancia general anuncian.

 

Creo que toda esta explosión de imágenes, tumultos, folclore divino no ayuda a una verdadera comunión con ese enigma llamado Dios. El alma debe irse "quitando quereres", dice con belleza poética San Juan de la Cruz. Por supuesto que sí entiendo, y me parece positivo, el fenómeno de la Semana Santa como oferta turística y vacacional. Ayuda al PIB y punto. Y quizá tampoco me parece despreciable entenderla como una gran manifestación contra nuestra soledad en el universo, contra el silencio de lo oscuro, pues al fin y al cabo nuestra pequeñez, soledad e ignorancia, requiere algún tipo de protesta. Aunque sea de alegría en algunos sitios, y de fúnebre tristeza en otros.

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