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Alfonso Carvajal
Viernes, 28 de abril de 2017
ARTÍCULO DE OPINIÓN

El poder del líquido elemento

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Por Alfonso Carvajal

El agua formaba parte de los cuatro elementos básicos de la naturaleza en la Grecia clásica; Tales de Mileto lo consideraba el principio de todas las cosas. También era así en el pensamiento oriental. Más reciente, en el origen de la vida —el darwiniano, se entiende—, estaba el caldo primigenio: y no hay caldo sin agua. De ahí que hablemos de “líquido elemento” cuando nos referimos al agua. Con estos antecedentes, tomé prestado el título de El Faro de Vigo, el decano de la prensa en España.

 

Desde la noche de los tiempos, el agua fue accesible. En ocasiones, sí, fue motivo de disputas y litigios; ahora de guerras. Y es cierto que vimos vender el agua. Pero eso era otra cosa: los aguadores de entonces, ¡oh pureza!, se limitaban a acarrearla; en ese tiempo, al alcance de cualquiera: nos vendían su esfuerzo. De ellos, solo queda la estampa ilusoria en las plazas de Marrakech. La novedad es su comercio a gran escala: presagia el del aire. La gestión —esa es la palabra— se hace en régimen de monopolio. Ya no se acarrea. Se capta, se canaliza y se sirve; pero todo con ventaja.

 

De un tiempo a esta parte, la externalización, que así lo llaman, se ha propagado como la pólvora; piensan algunos que lo privado es mejor que lo público. A algunos concernidos, suena moderno; y a otros —los más—, la bolsa sona. La mitad de los municipios de España gestiona así el servicio del agua. Las razones confesables, son las mismas: financiación insuficiente de los ayuntamientos, mala gestión del servicio y quejas de los vecinos; todas ellas provocan quebraderos de cabeza a los alcaldes. Me entrego, piensan, y se acabaron los problemas. Claro que no son ellos los que se entregan, aunque lo hagan sin saberlo: entregan el agua de todos; en el argot guerrero, entregan la plaza. Sirven en bandeja el mercado y la mercancía. Ahí va todo, para ti, Eulalia. Y suenan los acordes de la banda nupcial. Se ha consumado el matrimonio del ayuntamiento en apuros y la empresa bienhechora. Hay más. Liberados de la pesada carga, los ayuntamientos reciben el maná del “canon” [“Cantidad periódica pagada a la Administración por el titular de una concesión demanial” (dominio público)]. Se trata de un dinero que la empresa elegida anticipa al ayuntamiento en forma de inversión, y que recuperará por el sagaz procedimiento de fijar los precios de salida tras un “estudio” de viabilidad que lleva a cabo ella misma, ¿para qué terceros? A la postre, pagarán los vecinos. Piénsese que, frente a estas empresas mastodónticas, nuestros ayuntamientos son poco menos que nada.

 

Si en nombre de una modernidad (interesada) se externalizaron servicios, ahora la posmodernidad correspondiente dice basta a ese embrollo: lo público no es un negocio. Muchos están en ello. Ayuntamientos de todo el mundo (París, Berlín, Grenoble; por lo que nos toca: Valladolid, Alcázar, Lucena, Torrelavega, y un largo etcétera) controlan de nuevo el servicio del agua; y lo hacen bien: hay que oírlos. [Según el Tribunal de Cuentas, el control público de la gestión del abastecimiento de aguas, al menos en los municipios menores de 20.000 habitantes, tiene un coste menor que su “externalización”.]

 

Dos razones y media para la gestión pública en nuestros pueblos. Perdemos población, recursos, competencias y servicios; algunos hasta la churrería. Cuando esto ocurre, hay que defender los muebles: nos va en ello la supervivencia. Mantener el control fortalece la comunidad: conocerá y decidirá sobre lo que le concierne. He aquí el principio de autonomía que debe regir el comportamiento de los individuos y de los pueblos; lo contrario es la tutela. La segunda razón es de índole económica: la gestión del agua es rentable; si no lo fuera, no existiría este pingue negocio. La media razón es un matiz sobre el beneficio: viajaría poco: iría al municipio y no a Panamá.

 

Coda. Queda convencer a los conformistas: mientras salga el agua por el grifo, a mí me da igual. A veces no sale, o sale mal. Ocasiones ha habido en que estas empresas exhiben la misma indolencia sobre la calidad del agua: el consejo de administración de estas empresas no bebe el agua que nos vende.

 

Algo tiene el agua cuando la bendicen.

 

 

   

 

 

 

 

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