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Antonio Moreno González
Miércoles, 3 de mayo de 2017
OPINIÓN

Don José Candel

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Por Antonio Moreno González

La corporación municipal alcazareña presidida por Rosa Melchor acordó, por unanimidad, dedicar una calle y nombrar hijo adoptivo de Alcázar de San Juan a Don José Candel (Blanca, 1912 – Alcázar, 1993). Así se hizo el 1 de abril pasado. No es necesario aportar argumentos justificativos a tal distinción porque son sobradamente conocidos de los alcazareños y de otras gentes de los pueblos de alrededor que fueron, en su día, alumnos internos de la Academia Cervantes, fundación escolar sobre la que se soportan los merecimientos de D. José. Y desde la que él fue, en cierto modo, para muchos - este es mi caso - padre adoptivo que facilitó lo que hayamos podido llegar a ser como personas y como profesionales. De la “Cervantes” y de los avatares de la vida y obra de D. José se ocuparon Mayte González, Mª Nieves Molina y Jesús Simancas en su magnífico y documentado trabajo – La enseñanza secundaria en Alcázar de San Juan. Siglo XX – publicado por el Patronato Municipal de Cultura en 2010. Prescindiré, por tanto, de informaciones y detalles contenidos en el libro, aunque si el relato lo pide echaré mano de algunos de ellos. La mayoría vividos por mí mismo que estuve en la Academia desde los 5 años hasta que me fui a la mili. Empecé como alumno de Primaria, después de Bachillerato Elemental, luego de Magisterio y, finalmente, impartí clases en el curso de Ingreso, previo al Bachillerato, y de Física y Química en 4º.

 

Pasados los años, interesado en la evolución del sistema educativo español como profesor de la Escuela de Magisterio “Mª Díaz Jiménez” de Madrid, aunque mi ámbito docente e investigador fuera la física, conocí el plan de estudios en el que D. José acabó formándose como maestro: el plan profesional de 1931 y las especificaciones metodológicas para los cursillistas del 36. A esta última actividad pertenece el diario de clase que debería presentar en la Inspección para acceder a la plaza en propiedad.  Empieza el diario escribiendo “en la pizarra el siguiente lema: ¡ Viva la República!”. Y continúa en el apartado Escritura y lectura comentadas: “Aprovecho el lema para hablar y comentar con los niños la situación del momento, en que unos ,al llamados españoles, jefes y oficiales del extinguido ejército español, han traicionado a nuestra Patria, entregando su suelo a hordas extranjeras, con el objeto de acabar con los principios de libertad y justicia que el abnegado y heroico pueblo español se dio asimismo el 16 de febrero de 1936”. Fecha de las últimas elecciones generales de la Segunda República que dieron la mayoría parlamentaria a la coalición de izquierdas, el Frente Popular. Termina el diario con una lección sobre “El calor: sus efectos. Cambios de estado de algunos cuerpos”, proponiendo actividades experimentales calentando y enfriando agua. De su inclinación hacia las ciencias físicas y naturales fui testigo en múltiples ocasiones. Me facilitó, siempre que se lo pedí, cacharrear en el laboratorio que había en la Academia más para satisfacer los requerimientos de la Inspección que para uso de los alumnos. Solía ir los sábados y él pasaba a ver qué hacía, incluso intervenía en alguna operación. Después, cuando ya estudiaba Físicas en la Complutense, en mis frecuentes viajes a Alcázar solía visitar a D. Rafael Mazuecos y a él. A ambos les gustaba hablar de relatividad y mecánica cuántica que tanta admiración han provocado, y provocan, desde sus inicios a principios del siglo XX.

 

Respecto a la formación del Magisterio en el plan del 31, el más celebrado de cuantos se han producido en España, es seguro que D. José conoció, a juzgar por el ideario pedagógico que traslucen sus notas de clase citadas, las obras de Rodolfo Llopis, director general de Primera Enseñanza con los ministros republicanos Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos, La revolución en la escuela y Hacia una escuela más humana, impresas en 1933. Obras que deberían ser de obligada lectura para cuantos estén, o deban estar, interesados por la educación: maestros, profesores, padres, políticos y ciudadanos en general. Por cierto, Llopis fue defenestrado de la secretaria general del PSOE en el exilio durante el congreso de Suresnes en 1974 desplazado por Felipe González con la ayuda de amigos socialistas andaluces, Pablo Castellanos, Nicolás Redondo y otros militantes que seguro ignoraban los principios educativos de aquellos libros.

 

Con esa preparación y en su condición de excarcelado en libertad condicional, que le obligaba a ser cauteloso, emprende su rehabilitación personal a través del ejercicio docente. Tras diversas y, algunas ominosas, vicisitudes pone en marcha la “Cervantes” que regentó durante casi 30 años (1947-1976). En 1979 es oficialmente rehabilitado como profesor de Educación General Básica. Muchos años que D. José supo y pudo sortear, finalmente, con éxito; no así otros muchos maestros y maestras que tuvieron como único delito ser eso, maestros, contra los que se ensañaron los tribunales militares y las comisiones de depuración en una despiadada y brutal persecución que lamentablemente diezmó los cuerpos docentes, no solo el de Magisterio, aprovechado por excombatientes, “leales a los principios del Movimiento” y opositores patrióticos que ocuparon las aulas, en la mayoría de los casos, sabiendo poco más que leer y escribir. He ahí la fuente del fracaso escolar y académico español que hemos arrastrado durante demasiados años. 

 

El aval más determinante que le permitió a D. José abrirse camino entre los poderes de la que llamaron “Nueva España”, en lo político, en lo académico, en lo económico, en lo religioso…fue la ambiciosa apuesta por la calidad de su alumnado. Aspiró a la excelencia en todos los estudios que atendió desde la Academia, procuró encontrar profesorado cualificado, no escatimó el tiempo dedicado a los alumnos y fue flexible en el cobro de las mensualidades resolviendo con un “págame lo que puedas” la precariedad de algunas familias. Esa fue la clave de su éxito como maestro y como persona. Hubo de coexistir con la competencia, especialmente la Academia “Balmes” que por su ubicación en los dominios de Santa Quiteria parecía estar destinada a un alumnado económicamente más solvente que los de la “Cervantes”, del dominio de Santa María, las dos parroquias de Alcázar. La rivalidad entre “maríos” y “quiterios”, que no deben tomarse como dos categorías absolutamente diferenciadas, se ponía de manifiesto entre la muchachada, sobre todo, en los partidos de futbol y baloncesto, animados siempre por el entusiasta apoyo de las chicas de la “Cervantes”, aunque tengo la impresión que a la hora de los casamientos tiraron más por los otros, incluso forasteros. Ambas Academias, las “Monjas” y otros centros “de pago” paliaron, hasta casi los años 80, la falta de Instituto de Enseñanza Media en Alcázar y la limitada eficacia educativa de las escuelas nacionales gratuitas. El Ayuntamiento colaboró en estos remedios con las becas de que disfrutamos bastantes alumnos de aquellos centros. La contribución de la “Cervantes” a paliar las escaseces de la enseñanza pública, llegó a tener más de 500 alumnos, tanto de Alcázar como de los pueblos colindantes de los que procedían los alumnos del internado, uno de los pioneros en España de carácter laico, facilitó la acogida local de D. José a sabiendas de su irrenunciable afiliación política.

 

Esa acogida se extendía al  Instituto “Maestro Juan de Ávila” de Ciudad Real. Siendo maestro en Cinco Casas entablé amistad con D. Carlos López Bustos, catedrático de Física y Química de aquel Instituto. Él me examinaba de esas asignaturas como alumnos libre del Bachillerato Elemental, que lo hice en la “Cervantes”, del Superior y de Preuniversitario que los preparé por mi cuenta, siendo maestro en La Solana y en Alcázar, respectivamente. Al parecer tenía buen recuerdo de aquellos exámenes excelentemente calificados. Nos intercambiamos una inestimable correspondencia en la que me ponía al día de los avances en la física atómica y nuclear que conservo con mucha estima. Los últimos años de su vida académica los desempeñó en Madrid, donde lo visitaba con frecuencia hasta su fallecimiento, cuando ya andaba preparando mi tesis doctoral. Recordaba perfectamente a D. José: cómo todos los profesores del Instituto lo atendían y apreciaban, incluido el director, Martínez Val, que impregnaba los pasillos del Instituto con un visible y pronunciado autoritarismo falangista; se sorprendía de lo bien preparados que íbamos los de la “Cervantes”; la educación y buen trato con que se comportaba; y le impactó la prestancia y desenvoltura de Dª Paquita, esposa de D. José, lo bien “arreglada”, decía D. Carlos, que iba siempre, quizá, sin menoscabo que así era,  algo arrebatado por la soltería en que vivió hasta su muerte. Testimonios inapelables de la personalidad de D. José y Dª Paquita que tuvo a su cargo, sobre todo, la atención del internado, a los que cariñosamente mantenía a raya, como no podía ser de otra forma dada la multitud y variedad de todos ellos. Cuidaba la limpieza de la estancia donde dormían, su vestimenta, la preparación de las comidas, la corrección en el comedor, el uso higiénico de los aseos, el silencio debido en la subida y bajada por las escaleras que nos afectaba todos, internos y externos. Incluso a veces cuidaba el estudio a que estábamos obligados un par de horas al atardecer. Y lo hacía, como entonces se procuraba la disciplina, con la mirada, al tiempo que hacía ganchillo. Aquéllas miradas de los padres cuando íbamos de visita y se nos ocurría alargar la mano para coger, a destiempo, un “mantecao”. ¡Fulminante! Era la psicología al uso.

 

La mirada, casi irradiante, que más recuerdo es la que lanzó D. Aurelio a un alumno interno, creo que se apellidaba Moraleda y era de Consuegra. Parecía ser un poco sordo, aunque creo que lo era a conveniencia, porque el chico “se las traía”. Lo sacó a la pizarra para resolver una de las miles ecuaciones de 2º grado que hacíamos en 4º. Creo que si por entonces hubiera habido el informe PISA actual les habríamos mojado la oreja a los finlandeses que tanto destacan. D. Aurelio se estaba comiendo su habitual bocadillo de sardinas en aceite que encargaba comprar a algún alumno en la tienda de Vargas. Lo hacía con la fruición acostumbrada pringando el pañuelo que se sacaba del bolsillo trasero del pantalón. Dirigiéndose a Moraleda, le dictó: “Corchete”. Y así iniciar el planteamiento de la ecuación. El chico, escribió un “ochete” apenas visible. ¿Sordera o venganza? Quién sabe. El manotazo en la mesa fue estrepitoso a la vez que lo expulsaba de clase. “¡Coge la puerta y vete!”, le dijo. Y Moraleda, cumpliendo al pie de la letra aquella admonición, descolgó la puerta de sus anclajes y la sacó al pasillo. El vociferío consiguiente es inenarrable.

 

D. José complementaba la mirada con lo que para nosotros era un “arma de destrucción masiva”: la goma. Un trozo delgado de neumático de unos 60 cm de largo, con corte de perfil triangular. Yo solo vi blandirla una vez, dando contra la pared y produciendo un silbido agudo que asustaba.  Pero nunca vi que cargara contra alguien. Si lo hizo, hay quienes aseguran que sí, sería en caso muy extremo porque, aun siendo severo y exigente, su principio de disciplina era el diálogo, la llamada de atención procurando la reflexión y el arrepentimiento.

 

Tengo recuerdos muy gozosos del día a día en la Academia. A la entrada nos topábamos con el conserje, abuelo de los Quintanares, alto, vestido de oscuro y con una gorra como de lona que le cubría un abundoso pelo blanco. Imponía respeto por su presencia. El aula de D. José Lizcano, la de Primaria, estaba inmediata a la entrada, a la izquierda junto al despacho de dirección, donde solía estar perenne D. José. Aprendí a leer en las cartillas de Trillo Torija; el resto de la Primaria, estudiando en las enciclopedias de Dalmau Carles, de los grados Elemental, Medio y Superior. De D. José Lizcano recuerdo su bondad, paciencia y desesperación, a veces, cuando la clase se “removía” y trataba de poner orden a base de palmetazos en la mesa. De vez en cuando se le escapaba algún pescozón para los que tenía cierta soltura. Era una clase unitaria, con todos los grados, y no menos de 80 alumnos entre 5 y 17 años. Un auténtico reto pedagógico que ahora haría temblar a más de uno. El hacinamiento, el frío o el calor según las épocas, y las incontinencias gástricas, incluso el ostentoso ventoseo, producían un olor casi masticable que mezclado con la humareda de los cigarros que fumaba el maestro, “caldo gallina” gordo y liado en papel Bambú, creaban un ambiente espeso y neblinoso que nos ha hecho resistentes a muchas adversidades tenidas ahora como nocivas e insoportables. A media mañana, el maestro Lizcano sacaba de su taquilla un paquete de galletas María y una botella de anís del Mono con agua. De pie, frente a todos, desperezándose, se comía las galletas y echaba tragos, a morro, acompañados de un sonante y rítmico glu, glu, glu; de postre, un suculento pito. Tal era la expectación que peleábamos por rellenar la botella en la fuente del patio y emular al maestro echando buenos y sonoros tragos en el pasillo donde se mezclaban el alimenticio olor a cocido, comida frecuente en la Academia y en las casas, y el tufo amónico del retrete de los chicos, austero y falto de ventilación tal como lo construyeron los franciscanos, dueños del local de la Academia.  Era un pasillo muy oscuro, pero las aulas eran muy luminosas gracias a los enormes ventanales que daban a la calle, al soterrado arroyo Mina, desbordado a veces por las aguas torrenciales que venían de los cerros. Cruzar el arroyo, desde la calle de la Virgen hasta el trasformador de la luz que había junto a la portada de la Academia, era motivo de desafíos entre los chicos, a veces también las chicas. Se decía que había unas oquedades procedentes de algún supuesto túnel que comunicaba con el convento de los frailes. No sé porqué es costumbre atribuir pasadizos ocultos a las iglesias, monasterios y palacios. Quizá tuvieran su razón de ser.

 

Del Bachillerato Elemental y los estudios de Magisterio, tengo buenos recuerdos del profesorado. De algunos especialmente: Eugenio Molina, a quien ayudé en las clases de Ingreso y me echó una mano en Magisterio, y me facilitó la consulta de cuantos libros desee de la Biblioteca Municipal; D. Joaquín a quien visité algunas veces en su casa de la Puerta Cervera para hablar de física y química; Dª Mª Antonia que me fomentó el interés por la literatura escrita y leída, además de encontrar a su través la amistad de por vida con Pepe Herreros, su marido; de Dª Emma recuerdo su distanciamiento y seriedad en las clases de Ciencias Naturales; de Dª Leonor, que nos parecía muy atractiva y echábamos apuestas por ver quien sobrasaba el brasero; el padre Gerardo, tan bondadoso y comprensivo, dejándonos soplar unos a otros aquello de materia, forma, ministro y sujeto de los que al parecer constaban los Sacramentos, no sé ahora. D. José solía darnos clase de francés, poco más del j´ai, tu as, il a…suficiente para superar los exámenes, pero lo que más nos llamaba la atención era el Paris Match, revista francesa a la que estaba suscrito y donde vimos por primera vez la exhuberancia de algunas modelos y actrices; también se hacía cargo de la sustitución de cualquier profesor Sin olvidarme de ningún compañero, pero por la imposibilidad de nombrar a tantos que guardo en la memoria, solo mencionaré a mis hermanos, Luis y Santi, a Pepe Correal, Julia Vicente, Daniel Jareño y Matilde, con quien me casé y tuvimos a nuestra hija Mercedes.

 

Obviamente queda mucho por contar y por escuchar a tantos otros que vivieron aquellos años, pero termino aquí felicitando a los hijos de D. José y Dª Paquita - Lolita, Rosa y Pascual – y a cuanta descendencia han tenido, que es cuantiosa. Gracias y ¡enhorabuena!

 

 

 

 

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