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Antonio Moreno González
Lunes, 2 de octubre de 2017
En el 90 aniversario de la generación del 27

Los huesos de Lorca

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Por Antonio Moreno González

Los días 16 y 17 de diciembre de 1927 se celebró en Sevilla, en la Sociedad Económica de Amigos del País y en el Ateneo, el III Centenario de la muerte de Góngora. Con aquel motivo se dieron cita en la ciudad hispalense un grupo de poetas invitados por el Ateneo y el torero Ignacio Sánchez Mejías, con la mediación de José María Cossío autor del Cossío, la enciclopedia máxima de la tauromaquia, y el excéntrico ganadero, escritor y señorito andaluz, Fernando Villalón que pretendía criar “toros con los ojos verdes”. De aquella ocasión procede la denominación “Generación del 27” para aquel grupo de poetas y algunos más que no asistieron, de los que ahora, en el 90 aniversario, se echa de menos la presencia de mujeres, que también las hubo en aquella generación y que están siendo objeto de justa reivindicación. Basten como muestra los artículos publicados en Babelia (El País, 9/9/2017) en torno a Ernestina de Champourcin, Concha Méndez, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, entre otras. Dato histórico: La decisiva participación del mundo del toro en lo que podríamos decir con términos actuales el formateo de la generación del 27. Sánchez Mejías, Cossío y Navalón  forman parte, así mismo, de esa generación.

 

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 Pie de foto: “Los chicos del 27” con los patrocinadores del encuentro

 

La “Ampliación de capital” de que habla Manuel Vilas en Babelia va más allá de la inclusión de las mujeres ausentes; también los hombres, porque el poeta por antonomasia del 27, el más recurrente y universal ha resultado ser Federico García Lorca, seguido a cierta distancia, gracias a su Marinero en tierra, por Rafael Alberti. Y Lorca lo es no solo por su obra. Casi vienen armando más revuelo desde hace años su vida y sobre todo su muerte.

 

Nunca un muerto ha dado tanto de sí, a los terrenales me refiero, como FGL: el muerto de España por antonomasia, jibarizando los cientos de miles que cayeron en tan horroroso “alzamiento nacional”. Ni creo que un muerto haya alimentado tanto vivo como él. Esta desmesura procede de una propaganda bien orquestada en el momento oportuno. No hay como estar en el sitio adecuado cuando los vientos favorecen. Y así ha sido con el poeta granadino, porque eso si, y sin necesidad de propaganda, Lorca fue poeta de los pies a la cabeza. Estaba invadido por la poesía; su cuerpo rechoncho y aceitunado exhalaba poesía por todos sus poros. Sus ademanes eran figuras poéticas como sus dibujos espontáneos y gráciles. Vivía con el verso a flor de piel. Puede incluso que llegara a empalagar a sus convivientes por esa tendencia irrefrenable hacia la música de la palabra. No podría haber sido otra cosa mas que poeta. Gran poeta. Creador de mundos, de vidas y de muertes, versátil tanto en las descripciones como en las metáforas y en las imágenes. Como él mismo dijo, a propósito de Sánchez Mejías el torero amigo, mecenas del 27, que encontró la muerte en Manzanares, “tardará mucho en nacer, si es que nace” un poeta de su talento. Abundoso en los detalles, en los trazos donde la poesía se acurruca y estremece. Basta haber escrito “sus empavonados bucles le brillan entre los ojos” para delatar su dimensión poética. La cantidad es literatura, necesaria y estimable pero deficiente si no está salpicada de esas briznas poéticas cautivas en el verso. Cuatro palabras pueden ser suficientes para identificar al poeta en su totalidad. No así en otros géneros literarios.

 

Despojado de su manto poético, tengo para mí que FGL era poca cosa. Como hijo de ricachón granadino, sobrevenido a la riqueza por cauces diversos, Lorca tuvo una vida regalada, caprichosa, ignorante de penurias y alejado de las inclemencias cotidianas. Y de tantas otras fatigas de las que genialmente nutrió sus versos por esa capacidad desbordante para el lenguaje y la ensoñación. Ensoñaciones que pudo frecuentar y recrear cuanto quiso porque, como otros de su entorno, no tuvo que trabajar para comer. Disponía de esa otra inestimable riqueza: el tiempo. Obviamente no es determinante pero es una ventaja, ni por supuesto puede colegirse que su forma de ser – y menos aún su talento literario -  sea consecuencia de pertenecer a una familia afortunada y del tiempo a su disposición. Es sabido que el carácter, las conductas  y las competencias tienen orígenes complejos. De todo hay en la viña del señor. El poderío de su obra contrasta con su naturaleza frágil y vulnerable, con un punto de señoritismo que le impedía, por ejemplo, aceptar entre los suyos a Miguel Hernández porque era demasiado rural: un paleto  desvalido que vestía de pana y “olía a cabra”. También hay que decir que desde su llegada a Madrid anduvo detrás de Lorca como una mosca cojonera. Perdón por la expresión, pero es la que mejor lo describe. Y ya que hablamos de ambos, si alguno merecía ser distinguido como mártir republicano, era Miguel Hernández quien reunía las condiciones de autenticidad y compromiso necesarios y suficientes, aunque no cayera abatido por un pelotón de fusilamiento. De la proverbial exaltación de Lorca como tal se ocupan los libros que vengo a relatar. Por mi parte, aquí lo dejo.

 

Pero no es su fama ni su vida lo que, preferentemente, deben importar, ni su condición humana y familiar que serían meros ecos de sociedad sin trascendencia, aunque ahora sea lo que más se divulgue en los llamados realities televisivos tan provechosos para los otrora tenidos simplemente como cotillas. Es su obra, su capacidad creadora, su dominio del lenguaje, su oficio literario, en definitiva todo aquello de lo que puedan obtenerse enseñanzas y aprendizajes para quienes quieran ser oficiantes literarios. Conocer su obra para ahondar en los saberes, en la hoy desprestigiada sabiduría, tan distinguida antaño como fruto del “hambre de saber” que caracteriza a las gentes estudiosas.  Para facilitar tal conocimiento, sus papeles quedarán depositados, por fin, en su lugar natural, Granada, en el Centro Federico García Lorca promotor de actividades culturales y destino final de los fondos pertenecientes a la Fundación García Lorca. Hasta su traslado han estado a buen recaudo y a disposición de cuantos desearan consultarlos en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

 

Sin embargo, lo que más literatura lleva años desencadenándose en torno a Lorca es su muerte, las circunstancias en que se produjo y sobre todo el lugar de su enterramiento. Al parecer preocupan más sus restos que su literatura. Es legítimo, faltaría más, que la familia pretendiera sus huesos, como sucede en múltiples casos de fusilados en las tapias de los cementerios o enterrados en las cunetas, pero precisamente esta familia no ha mostrado interés por encontrarlos ni removerlos. Antes al contrario, manifiestan sin ambigüedades que los dejen donde quiera que estén. Porque ¿dónde están los huesos de Lorca? Y aquí entramos en el terreno más impreciso, incluso delirante, que envuelve la mitificada figura del poeta muerto.

 

Lorca fue víctima del holocausto que asoló los pueblos de España a manos de  quienes amparados en una guerra civil  “pasearon” sin piedad a cuantos se les antojó con el parapeto de una presunto saneamiento ideológico, social y religioso por el bien de una Nueva España, o de otra España, porque los “paseos” fueron perpetrados en un bando y en otro. Pero eso es ya historia de la que puede quedar como residuo esa legítima búsqueda de restos por los familiares que lo deseen. En cualquier caso, el fin último debe ser enterrar a los muertos y que descansen en paz.

Sin pretenderlo, pero agradecido, me ha tocado intervenir en la presentación de dos libros sobre Lorca. Lo he hecho en el Ateneo de Madrid, como director de la Cátedra Marañón y bajo el patrocinio de la Fundación Tejerina que tan generosamente apoya actividades culturales al margen de sus cometidos médicos. El autor es Manuel Ayllón; los libros: Granada 1936, presentado el 30/9/2015, y El caso Lorca. Fantasía de un misterio, el 16/5/2017. Para ambas intervenciones, y no siendo especialista en Lorca y sus circunstancias, acudí a cuantas publicaciones pude, que fueron muchas y aproveché para profundizar en lo que hasta entonces eran lecturas e informaciones dispersas, poco contextualizadas por mi parte.  Así consolidé una opinión al respecto, fundamentada en la contrastación de estudios, opiniones, sugerencias, intuiciones, divagaciones y atrevimientos de cuantos autores e informantes tuve a mi alcance. No considero pertinente hacer una retahíla de todos ellos porque, además de innecesaria, están accesibles para cuantos lo deseen. Sí puedo afirmar que si alguno se me ha escapado será por descuido o porque es insignificante en este terreno. 

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Granada 1936 es un diario de 55 días. Los que van del 24/6/1936 que Lorca sale de Madrid con destino a Granada al 17/8/1936 que lo fusilan, 811 páginas. El caso Lorca. Fantasía de un misterio es un libro de horas, un  horarium. Las 83 que transcurren entre las 11:00 del 16/8/1936 y las 22:00 del 19/8/1936, 472 páginas.

 

Desde las ya lejanas primeras lecturas lorquianas, siempre fui escéptico respecto  a la ubicación de sus restos. De manera que cuanto he ido leyendo sobre el asunto ha estado condicionado por ese injustificado prejuicio. Elucubración fundamentada en el hecho de ser hijo de quien era, de los confusos comienzos de una guerra civil y la certeza de la participación de familiares en tan mezquino asesinato, que eso fue, y otras gentes indeseables que “valían para fusilar” por unos duros y vino a granel en el escenario más rencoroso y cruel de aquella “picadora de carne” – escribe Ayllón - que fue la guerra del 36: los pueblos. Granada, en este caso. Seguro que la conexión entre mi infundado prejuicio y las hipótesis expuestas por Ayllón han favorecido mi adhesión a ambos libros. Porque tanto estos como cuantos se han publicado, alguno con alardes conclusivos y como tal asumidos por los medios y la familia, en lo tocante a la ubicación de los restos, son conjeturas, con mayor o menor grado de verosimilitud, pero conjeturas expuestas por tanto a las consiguientes refutaciones.

 

Una primera y conmovedora impresión de tanto atropello acumulado es identificarse con el calvario que hubo de pasar el poeta fácilmente imaginable desvalido, incrédulo, caminando a trompicones sin dar crédito a su fatal destino, amparándose inútilmente en su luna lunera testigo de la primera y única vez que se enfrentaba a la “rosa de la muerte”, tan asidua en sus obsesiones y poemas, hecha ahora efímera realidad por obra y gracia de la puntería furtiva. ¡Qué pena!

 

Las circunstancias de su muerte y la posible exposición a que el cadáver fuera exhumado, profanado y vejado en algún alarde de bravuconería por parte de aquella horda alevosa y nocturna, jornaleros de la muerte sin causa  que según cuentan pregonaron haber dado “un tiro en el culo al maricón”, debieron ser motivos suficientes para que, sobre todo, la madre de FGL indujera al padre a recurrir a su economía e  influencias para sacar al hijo del sanguinario pudridero en que se había convertido aquel descampado de Víznar. ¿Qué padres no hubiéramos pretendido lo mismo? Y estoy seguro que así lo hicieron. Antes de la lectura de los libros que nos ocupan, no podía saber dónde fue enterrado nuevamente, quería imaginar, por tratarse de poeta tan inmenso, que fue sepultado en algún lugar de la vega granadina cubierto por un parterre de jazmines, rosas y alhelíes, cercano a surtidores y acequias por las que discurriera el agua como él la pensaba:                

Acaso pasas soñando

                                   algo que el hombre no olvida.

                                   Acaso nos vayas dando,

                                   al pasar, tu despedida

                                   porque lenta vas pasando

                                   con unas gotas distintas.

 

Pero la realidad, más prosaica, es otra como desvela Manuel Ayllón en sus libros, fruto de una minuciosa investigación donde reconstruye los posibles hechos con datos, testimonios, documentos y sensatez que hacen más verosímil sus conclusiones sobre dónde yacen los restos de Lorca, si queda algo, que las propuestas hasta ahora.  Y que yo no voy a descubrir por la complejidad y pormenores que encierra el argumentario. Hay que leerlos para entender y valorar el alcance de sus afirmaciones.

 

Aunque la difusión de la obra de Ayllón no esté amparada por la oficialidad lorquiana, entre otras razones porque sería devastador para quienes se han instalado en el olimpo de una verdad jamás corroborada por las costosas e inútiles excavaciones, espero que aquí acabe la historia de esta quimera de los huesos - “baile de huesos” diría mi querida paisana Elena Belmonte - de esa trajinería zahorí que solo ha servido para demostrar que Lorca no estaba “allí”. Al fin y al cabo, 206 huesos compuestos de agua, sales minerales y materia orgánica que bien están donde estén. Porque aun compartiendo la   verosimilitud de las investigaciones comentadas, considero que no debe procederse a la búsqueda y desenterramiento de tan célebre osamenta, que los dineros públicos deben emplearse en el bienestar de quienes lo necesitan y no en darse, en realidad, el gustazo de meter la mano en el osario para vanagloria de algunos. Lorca no necesita ser  ubicado en ningún sitio, ni monumentalizado, es ya materia cósmica a quien el mejor homenaje que se le puede rendir es leer y paladear su obra. Y de paso la de los otros miembros del 27, incluidas las mujeres.

 

De la misma manera que Federico García Lorca concluía el Llanto  por su amigo Ignacio Sánchez Mejías, fallecido en Madrid (13/8/1934)  a los dos días de la cornada en Manzanares, podemos desear y repetir para él:

 

Porque te has muerto para siempre,

como todos los muertos de la Tierra,

como todos los muertos que se olvidan

en un montón de perros apagados.

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

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