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José Luis Mata
Martes, 13 de marzo de 2018
Artículo de opinión escrito por José Luis Mata

A propósito de la exposición antológica "Herreros (1949-2018)"

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Gracias al empeño de Antonio Moreno, su amigo de tantos años y admirador -como comisario de la exposición- y al tesón de María José Taioli, su mujer –como galerista por afición y acierto-, el pasado 25 de febrero, en el Museo Municipal de Alcázar de San Juan, se inauguró la exposición antológica, tan oportuna, de la obra pictórica y escultórica de Herreros (1949-2018). Oportuna, porque Herreros, José Herreros, artista alcazareño, más reconocido que conocido, necesitaba de una exposición que fuera muestra, no sólo del valor artístico de su obra, sino de la génesis de la misma, que evidencia que Herreros es el pintor de la Mancha, sus labriegos y sus gentes (algo bastante sabido, sí) pero que Herreros va mucho más allá y no sólo en cuanto a la temática, también en cuanto a su técnica y a las técnicas, en los movimientos en que puede adscribirse su obra, en la significación que en eso, ¡ay sí!, todavía no ha llegado la oportunidad que en justicia le corresponde. Será, quizás, porque Herreros apostó por afincarse fiel en su tierra, experimentar el tópico clásico de la «alabanza de aldea (si bien no exenta de crítica) y menosprecio de corte» lo que, quizás, también quizás, lo apartó del mundo de los marchantes y comerciantes del arte que, en el mundo de las leyes de la propaganda (lo llaman «marketing») dan valor material (lo llaman «caché») a todo lo que se consigue promocionar de por medio: también el arte.


    Son sesenta y nueve años de trabajo de un artista autodidacta que sufre con éxito la comparación con lo mejor que la historia del arte ha podido acuñar. Porque Herreros se mueve con la misma facilidad en su manifestación expresionista, cubista, impresionista o abstracta postpictórica. Su gama de color es de lo más amplio; maneja con igual maestría el calor de los rojos, amarillos y anaranjados que el frío de los lilas, el verde y el azul, con intermedios de gamas de ocres. Y los colores se manifiestan a veces planos y puros de la misma manera que juegan amalgamados para producir los mayores efectismos cromáticos: según les pide el pincel que pule y lame o la espátula que golpea y marca la impronta de la huella.


    Puede que los cuadros que mayormente se han fijado como «de Herreros» en la memoria colectiva de quien gusta de su pintura, sean mayormente expresionistas: sus manazas y figuras pétreas, como surgidas rocosas cual galayos en la planicie del yermo, que ellas mismas doblegan a golpe de arado, de azada o de hoz. Ahí tenemos «El Caporal» o los «Segadores» de la exposición; estos ya con técnica impresionista, porque otra característica de Herreros está en la mezcla de diferentes fórmulas de expresión en un mismo cuadro ya que, por encima del pintor expresionista, cubista, impresionista o abstracto, Herreros es Herreros. Basta comparar el expresionismo de Herreros con el de Siqueiros («Proletarian mother») o Modigliani y sus alargadas figuras (Desnudo acostado), incluso con los muralistas mejicanos Orozco y Rivera en sus temas sobre la Revolución Mexicana, porque de Herreros y su técnica muralista (llevada también a los límites del cuadro) tendríamos mucho que hablar. A veces, Herreros se manifiesta con temática naturalista para denunciar la terrible injusticia: véase el acongojante dibujo «El grito» o la sobrecogedora escena de «Cuando aún olía a trigo segado». La violencia irracional se muestra en la pintura de Herreros con personajes de rostro y actitud brutales, «La riña», y nos evoca al gran Goya, tan admirado por Herreros: vide «Rogativas».


    Si preguntamos a Herreros con cuál de los movimientos se identifica mejor nos responderá -creo yo-, que con el cubismo. Presenciamos en él un cubismo sometido a la geometría volumétrica (origen del nombre), en cuadros como «Toledo gris», «Cuenca», «Tormenta en Toledo», «Campo de Criptana»… y otro cubismo más de Herreros, en el que la pintura se somete a un juego de perspectiva múltiple, no a la manera picassiana de presentarnos figuras de perfil, con desdoblamiento de la parte oculta, como recortadas en cartulina y sobrepuestas (cubismo analítico): «Retrato de Maya con muñeca» (Picasso) o distorsionando la figura con geometrías planas, como hace Juan Gris en su magnífico «Retrato de Picasso», sino mediante líneas rectas y curvas que proyectan planos de sutiles formas y que, con el manejo del color, producen el efecto deseado de volumen, profundidad y perspectivas: «Por qué», «Feria 2006», «Comediantes», «Balseros»… y ese cuadro que de cada exposición quisiéramos llevarnos  a casa; en mi caso: «Iglesia de los trinitarios». Cuando me he referido a la técnica de mural constreñida en las dimensiones de un cuadro, me refiero a obras como «Vendimia», en donde Herreros superpone tres o más niveles con su peculiar técnica cubista. Podemos, en Alcázar, contemplar su mural de la antigua Caja de Castilla-La Mancha, actual reconvertida en no sé qué entidad por mor de acontecimientos que quisiéramos no pudieran ser repetidos jamás.


    Ya nos hemos referido al impresionismo de los «Segadores». Lo encontramos también en «Campos de trigo», «De la era» o en «Carbonilleras», donde la impresión se consigue mediante técnica puntillista. Bellísimos paisajes que cuentan, a veces, con mucho cielo: «El rebaño», «Invierno» y «Primavera» de 1990; a veces poco cielo: «Campos de trigo», «Segadores», «Invierno» de 1975.


    El abstracto puede que sea la pintura menos conocida de Herreros. Son los cuadros ante los que suele decirse que no se identifica con ellos al pintor. La  mayor parte de abstractos de la exposición fueron pintados con ocasión del viaje que Herreros hizo a Lanzarote, en compañía de María José, en 2002. Los lunáticos paisajes de lava son vistos por el autor como una desfiguración en negro: «De Lanzarote», «La charca grande», «Haciendo camino» y hasta las figuras humanas de esta época, aun marcadas por el expresionismo y cubismo de Herreros, más parecen grandes saurios surgido de la profundidad telúrica de un cráter volcánico prefigurado: «Migrantes». La abstracción postpictórica está también representada: «A ninguna parte».


    Ahora nos queda una incógnita: Herreros ha estrenado su nonagésima década; ¿nos podemos permitir en Alcázar, en La Mancha, en España -por no decir en el mundo de la creación artística-, que tan valiosa obra que ahora podemos contemplar y tanta más, mucha más que conserva el pintor, se pierda en el olvido o que el golpe aciago, a fuer de  feliz, del destino pueda arrebatarnos la gloria del genio, como ha ocurrido tantas veces con nuestros mayores valores artísticos? Necesitamos del grito para reclamar un «no». No, no es este artículo lugar para hablar del mecenazgo en la historia: reyes y nobles, grandes señores, la Iglesia… han dado paso a la banca y los poderes públicos. No hay dinero para esto, ni para aquello…, ni para nada. No, para nada, sí. Hay también para demasiado gesto inútil y para desperdicio. Redistribuir bien y priorizar; esa es labor de «a quien corresponda». Nos gustaría que «a quienes corresponda» pudieran sentirse aludidos. Una frase, de tan manida, que resulta huera: «Hay que poner en valor» la cultura, en este caso. Hagámoslo y reconozcámosle su valor. Obras son amores. Si se quiere, se puede.

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