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Isabel Ortuno Paniagua
Lunes, 9 de abril de 2018
Artículo escrito por ISABEL ORTUNO PANIAGUA, Psicóloga General Sanitaria

Querida y liosa soledad sin comprensión

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Todos tenemos un tiempo para comunicarnos con los demás y otro para establecer contacto con lo más profundo de nosotros mismos

Todos estamos al corriente de lo que es la soledad, incluso nos aventuramos a increparla por todas las sensaciones desalentadas que nos genera. Dejamos de lado la realidad, y no atendemos a darnos cuenta de que es nuestra amiga, nuestra confidente, nuestra catarsis psíquica, el orden sereno en nuestra locura interna.


    La soledad funda una experiencia subjetiva, venida de la mano de nuestras defectuosas relaciones sociales y de la forma personal que tengamos de encaminar nuestro dichoso pensamiento. Su parte emocional está afectada por la ausencia de relaciones intensas con personas significativas que nos producen satisfacción y seguridad.  La carencia de compañía puede vincularnos con estados de tristeza, desamor y negatividad, dejando de lado los beneficios que una soledad ocasional y deseada pueda reportarnos. Por otro lado, la parte social es la causante de que se apodere de nosotros la sensacional paranoia de no pertenencia a un grupo que nos ayude a compartir intereses y preocupaciones.


Personas que están solas sin sentirlo y personas que se sienten sin estarlo. Personas que se refugian en sus miedos y en su pereza para apenas hablar más que con su familia o con sus compañeros de trabajo (soledad muy común en nuestro mundo). Personas que para esconder su inseguridad o su miedo a no ser respetados, revisten su soledad no deseada con actitudes de aparente fuerza, autosuficiencia, agresividad o timidez. Personas que se sienten incapaces de confiar. Personas que tienen miedo a que les hagan algo malo o, simplemente, les aterra el rechazo. Este compendio de impresiones tiende a resolverse plantando un buen muro a nuestro alrededor, nos ayuda a encerrarnos en nuestra pequeña célula para vivir el vacío que nosotros mismos creamos y que justificamos con planteamientos encaminados a encontrar el victimismo que nos guardará de poder hacer algo efectivo para resolver el malestar («nadie me entiende», «la gente sólo quiere hacerte daño», «para lo único que les interesas es para sacarte algo», «cada vez que confías en alguien, te llevas una puñalada»).


Su trascendencia tiene mucho que ver con cómo digerimos las emociones. Personas que tragan y engullen su mundo emocional, tienden a colocar procesos de soledad relacionados con la depresión y la ansiedad, menoscabando así, la habilidad para relacionarse.


    Se ve entonces que podemos convertir la soledad en una obsesión desagradable generadora de angustia y abatimiento, o también adorarla como experiencia perfecta para entender nuestro complejo procesamiento mental.


    La soledad conviene percibirla como no forzosamente traumática. Podemos utilizarla en momentos de reflexión, de detenimiento, de conocimiento y encuentro sincero con nuestra propia identidad. Reforzar el concepto de nosotros y obtener seguridad en nuestros patrones.  Todos tenemos un tiempo para comunicarnos con los demás y otro para establecer contacto con lo más profundo de nosotros mismos. Dejemos a un lado las incoherencias serpenteantes y empecemos a dialogar con nuestros miedos, sin ignorarlos, sin bloquearnos. Afrontemos la necesidad de saber cómo somos. Tomemos iniciativa social, y dejemos de creer que el mundo nos resulta cruel. Es la única manera de incluir en nuestra vida una equilibrada y querida soledad.

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