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José Fernando Sánchez Ruiz
Lunes, 21 de mayo de 2018

Juan Romero en la Galería Marmurán

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José Fernando Sánchez Ruiz (Sociólogo, gestor cultural)

Durante esta primavera y hasta el 30 de junio, la galería Marmurán, ofrece a sus visitantes una interesante exposición de las pinturas del sevillano parisino, Juan Romero. Esta es la cuarta visita que el pintor realiza a la galería en la última década, lo que indica el interés que su armónica pintura produce.

 

Juan Romero, paisano de Sevilla del año 1932, fue un chaval que abandonó su trabajo en los primeros años cincuenta para formarse en los centros artísticos de Sevilla y por tal en la entonces escuela universitaria de arte que luego fue facultad. Su necesidad de dibujar y pintar era vital, y así lo reconocieron sus compañeros, sus jefes y sus profesores, que ayudaron a Juan en todo momento hasta terminar sus estudios.  

 

Sevilla formo a Juan Romero convirtiéndolo en dibujante y retratista, como los artistas de entonces que pasaron por la academia. La necesidad de ejercitar con dominio ciertas formas, dió más tarde a estos, oficio y maestría para trasformar sus conocimientos en creación artística. Este es el caso de Juan Romero que llegó a Paris en 1957, donde los primeros años vivió sin conocimiento de francés y con pocos recursos. Fue un momento en el que muchos jóvenes pintores españoles se incorporaron a Paris como Meca del arte en esos años.

 

La vida parisina es una etapa pictórica de Juan Romero claramente definida, que tiene su cumbre con el recibimiento del Premio de la Crítica en la V Bienal de Paris de 1967, cuya intención era potenciar las formas que cuestionaran los valores artísticos del momento. Situando a Juan Romero en la vanguardia internacional. Este premio, es el primero de su colección de galardones internacionales, pero en aquellos años, aunque no tuvo una especial repercusión en Francia, si la tuvo en España, convirtiendo al pintor en un referente. Aunque venia exponiendo en galerías parisinas, el premio le dio cierta popularidad exponiendo en 1968, tanto en Paris como en Madrid o en Sevilla. Entre otros premio se concedido uno al polifacético Martial Raysse

 

Muy metódico e inquieto, ya comenzó entonces a diversificar la obra y a numerarla, que sin ser un artista prolijo, podemos contabilizar prácticamente el millar de cuadros en estos días. En la exposición de Alcázar de San Juan vemos uno de los últimos, el 970 de producción reciente.

 

De esta época parisina podemos ver en la exposición de Marmuran, una buena colección de cuadros la mayoría retratos, que si bien podemos clasificarlos en lo que se llamo “feísmo” tienen una impactante fuerza expresiva aun cincuenta años después. El mismo pintor y algunos comentaristas han calificado estas pinturas de “monstruos”. En realidad fue la expresión de una generación que vivía en plena guerra fría, y el fracaso de las anteriores generaciones en la reconstrucción de una Europa, que acabo desembocando en los momentos del mayo del 68. Aquellos pintores más o menos conscientes, retrataban la sociedad que vivieron.

 

Poco después el artista se instala definitivamente en Madrid en pleno barrio de Malasaña, también en ebullición artística en los setenta y ochenta. Aunque en un estudio profundo de su trayectoria encontramos muchas fases, en este acercamiento solo señalo una segunda época, la de la luz y el color. De esta que aún perdura en su producción es el resto de la exposición que presenta Marmurán. Una época que muchos han denominado “naif”, ignorando la profunda simbología y el amplio espectro cultural que supone esta obra de Juan Romero. En esta etapa asoma un conjunto de referentes permanentes que se señalan en sus diversas series. Por lo general el orientalismo mediterráneo esta presente en sus cuadros, como cierto regusto a Klee en sus arquitecturas. Sin ocultar su estudio de la obra de Dubuffet.

 

Es la época en la que el pintor fabrica un lenguaje personal único, alrededor de un mundo feliz, agradable, lleno de vida, de animales, de plantas, de personajes. Un mundo desde el dibujo pleno de luz y color. Sobre ese mundo como fondo de la pintura, destacan los motivos principales aún más bellos coloridos, vivos y de temas amabilísimos.

 

Ciudades, bodegones, arcas de Noe, singulares árboles de la vida o aspectos de la vida cotidiana, jalonan la obra de Juan Romero, en las tradiciones mediterráneas. Desde las viejas alfombras persas, a las cerámicas moriscas andaluzas y azulejerías sevillana. Sus cuadros se transforman así en una página de vida e historia cultural. Llenas de plantas imposibles, animales fantásticos,  geometrías coloristas y personajes sacados de la vida diaria. Este conjunto de cuadros “maravillosos” tienen para mí su mayor representación en los tres “árboles de la vida” que presenta la exposición.

 

Aunque si bien los cuadros de Juan Romero nos recuerdan “los árboles de la vida” no pretenden emularlos, sino que el autor, como en otros hitos culturales, ha encontrado en el árbol y sus formas orientales una manera de representar la vida, el amor, la sabiduría, la alegría, la amistad, la naturaleza. El pintor elimina la representación del pasado al no utilizar las raíces de los árboles. Solo cuelga de sus ramas signos del presente y de esperanza. Todo un descubrimiento, si es la primera vez que te encuentras con esta obra; y un reposo de serenidad, si la conoces.

 

Desde la “exacerbación solanesca” a sus árboles de la vida, la producción de Juan Romero, se extiende por la pintura, el dibujo, la obra grafica, la escultura pintada de interior, incluso sus escarceos en las artes escénicas con F. Arrabal entre otros. Y su obra se encuentra en museos de Europa y América.

 

José Fernando Sánchez Ruiz.

Sociólogo, gestor cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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