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Alfonso Carvajal
Viernes, 7 de septiembre de 2018
ARTÍCULO DE OPINIÓN

Hablar al buen tuntún

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Por Alfonso Carvajal

Se habla mucho en los pueblos. Los “dimes y diretes” que decimos para restarle importancia. Hay lugares donde la gente conversa y murmuran los ociosos. Son los mentideros. Los hubo en aquel Madrid del Siglo de Oro y los hay en los pueblos. Hablar es humano: hablamos. Son muchos los términos que matizan el ejercicio de ese don de la palabra. Elijo bisbisear, en un extremo, por no molestar; más poético, musitar. Hablamos, sí; charlamos, conversamos, dialogamos y a veces discutimos: y hasta se nos calienta la boca —no debería ocurrir—. A veces se habla sin pensar, “al buen tuntún”; o se dicen las cosas “a humo de pajas”, solo por decirlas. Rajamos y “no dejamos títere con cabeza”. Hay hablares, no obstante, razonados ¡Qué magia esa del habla!

 

Pero volvamos al mentidero en su versión malévola, allí se murmura: es un habla. Se hacen trajes a medida, podría rezar el rótulo. Murmurar es hablar bajo, lo mismo que musitar, ¡pero qué diferencia! Y es que murmurar también es hablar mal de una persona cuando no está presente. ¿Y qué me dicen del cotilleo? Es una suerte de asalto, una injerencia: fisgar en asuntos ajenos. ¡Fisgones!, duro insulto. Contar chismes o cuentos también es cotilleo. Y es que el cotilla o la cotilla —se da en ambos géneros— también es chismoso, anda por ahí contando cuentos. En La Mancha es anatema, se les llama “licenciaos”, no hay piedad. Volvamos ahora a la gente ociosa. Hay ociosos que se aburren. ¡Ay el aburrimiento!, es el “sin amor” que decía Freud —poco ha quedado de él; nada era ciencia—. Pero hay algo de verdad en esa analogía. La ausencia de amor aburre. Insisto, lo dijo Freud. Por doquier hay aburridos: miradlos divertirse. Y es que cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo. ¿Será este el origen de la infamia? Queremos entender más que reprobar; el entendimiento, sí: entender las cosas.

 

Una versión falsa de los hechos que se pregona y trasciende es un bulo. Nos interesa el bulo. La noticia falsa y el perverso interés que lo caracterizan. Surge del cotilleo. Su falsedad está en eso, en decir al buen tuntún: en la ausencia de rigor —exige esfuerzo—; pero también, y eso es lo grave, en la deformación interesada por el fin que se persigue: a veces ninguno: otras, evidente. El bulo es una bomba: ¡barreno ardiendo!, gritaban los mineros. Con su fealdad, los bulos están de moda. Los hay a pequeña escala. A gran escala, se habla ahora de posverdad, la fabricación de la verdad a conveniencia: esas fake news, esos bulos. Priman más las emociones que los hechos. La elección de Trump en EE. UU. y el brexit en el Reino Unido son dos casos: se buscan cabezas de turco en los extranjeros. Mas cercano, el caso de Cataluña: se ha reescrito la historia y todo son agravios. Se fabrican hechos, se señalan enemigos y se interpreta a conveniencia. Siempre ha pasado.

 

Con permiso, un apunte personal; a diferencia de lo anterior, esto es inocuo. Se dicen cosas de esa forma —las he oído—: lo suelto a ver qué pasa. Se trata más bien —en mi benévola interpretación— de una forma de acercarse a los hechos. No se pregunta ya directamente, no. La pregunta asusta a veces: distorsiona la respuesta. No, se indaga de otra forma; es un arte. Se fabrica una versión de los hechos, y así se lanza. Si el que escucha los conoce, ratifica la versión, la matiza o la desmiente. Si, por el contrario, desconoce los hechos, ahí queda eso: la versión progresa, o muere.

 

En fin, hablar por hablar.

 

 

 

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