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Amador Palacios
Lunes, 24 de septiembre de 2018

Cervantes era tartaja

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Por Amador Palacios

Que Cervantes era tartamudo me entero por la completa biografía del, además de tartamudo, también “manco”, publicada en 1980 y escrita por la hispanista Melveena McKendrick, que fue profesora de la Universidad de Cambridge.

 

            Cervantes, al contrario de lo que se viene canónicamente creyendo, no fue hijo de Rodrigo (sobre el que recae numerosa documentación) y Leonor, sino de Blas y Catalina. Tampoco sus hermanos fueron Andrés, Andrea, Luisa, Rodrigo, Magdalena y Juan, sino Tomás, Leonor y Francisco. Contando sólo once años unas composiciones suyas aparecen en un libro dedicado a la enfermedad y muerte de Isabel de Valois. Entre ellas algún soneto; suceso extraño, pues no sabíamos que Cervantes fuera, como Mozart, niño prodigio; la verdad es que parece raro que los muchachos de tan corta edad estén capacitados para escribir sonetos. Choca también saber que participase tan joven y heroicamente en la batalla de Lepanto, donde fue un soldado distinguido, siendo herido en el pecho y en la mano izquierda, quedando inutilizada para el resto de sus días. Y también causa extrañeza que en el prólogo que antepone a sus Novelas Ejemplares, publicadas en 1613, confesando su edad, donde creíamos que se quitaba dos años, en realidad se pone nueve.

 

            Estos datos son ciertos si nos atenemos a la partida de bautismo de un tal Miguel Cervantes conservada en la iglesia de Santa María de la villa manchega de Alcázar de San Juan, por la cual el genio nació en 1558, once años después de 1947, año de su consabido nacimiento sobrevenido en Alcalá de Henares. A la entrada de Alcázar podemos leer la consigna de que el pueblo manchego ostenta ser la cuna de Cervantes, habiendo sido bautizado en la pila bautismal, que aún persiste, de la iglesia citada. Muchos alcazareños dicen, justificando esa distancia en las fechas, que era normal que los niños guerreasen, sin cuestionar la capacidad de un niño de once años para hacer sonetos y sin dudar de que en su descripción física que da en el prólogo de sus novelas exhibiese la poco habitual costumbre que casi nadie tiene de sumar a su edad nada menos que nueve años.

 

            Una cosa es cierta. La Mancha, en un encomiable anhelo, se ha querido siempre atribuir la vivencia cervantina; mucha culpa tiene la enigmática primera frase de su obra inmortal: “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”; mas esto se ciñe a una tradición que ha cundido a lo largo del tiempo para que el territorio fuese honrado. Pero la realidad es otra. En la cueva de Medrano, en Argamasilla, no estuvo preso Miguel de Cervantes, ni entre sus lóbregos muros el novelista inició su Quijote. No hay pruebas documentales que sostengan el hecho. Todo, en definitiva, basado en la leyenda y en la tradición popular. Acérrimo empeño y no verdad. Lo atestiguado es que Cervantes estuvo encarcelado, en varias ocasiones, en Sevilla, y en una de ellas se decidió a escribir el Quijote inspirado en un loco hispalense indigestado por la literatura caballeresca.

 

Cervantes ejerció sus cargos administrativos de recaudador en Andalucía, primero en Baeza y posteriormente en Sevilla. Él no era amante de lo rural; apreciaba las grandes ciudades de la época: Sevilla, Madrid, Barcelona, Valladolid. En Esquivias, donde vivía su mujer Catalina de Palacios, Cervantes apenas residió, y desde luego en lugares manchegos nunca vivió. Claro que pasaría por estos campos camino de Andalucía. Sitios tan pobres, tan despoblados le indujeron a inventar la paradoja de conformar un caballero, un ingenioso y famoso hidalgo de La Mancha y una célebre señora del Toboso. Clave humorística, en definitiva, dentro del portentoso imaginario que bullía en su cabeza genial.

 

AMADOR PALACIOS    

 

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