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Antonio Leal Giménez
Miércoles, 24 de octubre de 2018
ENCUENTROS EN LA CASTELAR

Hoy, con Ezequiel Castellanos Maciá (Catedrático de Filosofía, profesor de Enseñanza Secundaria)

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Por Antonio Leal Giménez

El profesor Castellanos ha ejercido la docencia durante casi cuarenta años. Expone la filosofía como desarrollo [Img #60726]y ejercicio del pensar  y lo hace de forma ecléctica, sin adoctrinamiento. Escéptico, casi nihilista, posee gran erudición, como fundamento  de sus juicios. Nada paternalista, gusta del aislamiento elegido, que compagina con sus habituales reuniones lúdicas, con su grupo de amigos de la infancia. Nunca se separó de Alcázar de San Juan, donde tiene una vivienda, y cuyos recuerdos ha recogido en escritos que ha compartido con su gente y en los que muestra su capacidad de observación y sensibilidad. En su primer libro «Dejé pasar el pasado», nos retrata escenas de lugares de su infancia en Alcázar de San Juan y su vida adulta bajo el prisma de la emoción sin nostalgia. Quedo con Ezequiel en el andén nº 2 de la estación, el mismo lugar donde se bajaba cuando venía en su época de estudiante e iniciamos nuestro «Encuentro» sentados en una terraza del Paseo de la Estación,  acompañado siempre de un libro y hoy de su inseparable guitarra, otra de sus pasiones, ya que viene del ensayo de su banda, como cada miércoles con antiguos compañeros del Instituto de Torrelodones.

 

 

PREGUNTA: Como conocedor de Alcázar de San Juan, te propongo que a nuestro «Encuentro en la Castelar» nos acompañen Sócrates, Platón y Aristóteles. ¿Por qué lugar pasearías con  ellos y qué crees que sentirían  transitando por sus calles?
RESPUESTA: No es mala compañía, ya lo creo. Todos somos griegos y creo que les encantaría ver a la gente por las calles, en la Plaza o en la taberna hablando,  discutiendo…así  siguen viviendo en Grecia y así surgió allí el pensamiento discursivo: confrontando opiniones, criticando los asuntos propios de la «polis» donde lo privado y lo público se confundían.

 

P. ¿Qué nos puedes decir de tu niñez y tus primeros estudios en tu pueblo natal?
R. Estudié en los Trinitarios y en el Instituto que inauguramos; luego, de la mano de mi hermano mayor me fui a Madrid. Todos mis amigos abandonaron el pueblo y nos reunimos en la capital. Estudié en la Complutense.

 

P. ¿Cómo nace tu afición a la música y especialmente al rock? ¿Por qué decidiste estudiar Filosofía ?
 Lo de la música empezó aquí: algunos domingos tocaba y cantaba en el cine Alcázar con Quique Molina. Eran temas de Bob Dylan, Donovan, Leonard Cohen…Somos una generación de afortunados por habernos educado musicalmente en aquellos años tan fructíferos, con grupos tan legendarios como Beatles, Rolling Stones, Who, y tantos otros que aún siguen haciendo música. Aprendimos todos de ellos intentando imitarlos.
    Lo de la Filosofía vino más tarde. Se elegía especialidad o rama en tercero y yo que iba para Arqueología, me «convertí» seducido por aquellos griegos maravillosos que te invitaban a pensar con ellos sin dogmas.

 

P. ¿Cómo fue tu etapa de formación? En esa etapa, ¿tuviste algún libro especial? ¿Cómo era el panorama filosófico en tus tiempos de estudiante? ¿Qué tipo de ideas se imponían?
R. Debo mucho a algunos profesores en particular que me despertaron la curiosidad por algo que no estaba en mi entorno (Egipto, Grecia) pero la mayoría adolecía de falta de formación académica adecuada y exceso de ideología nacional-católica. Lo compensé con el pupilaje intelectual de mi hermano mayor que me recomendó leer, entre otras cosas, la Ilíada. No abundaban los libros, así que los sacaba de la Biblioteca Municipal.  Luego, ya en Madrid, todo  cambió. La universidad en aquellos años era muy buena escuela; la cultura luchaba por salir a flote contra la censura y había mucha oferta donde buscar.

 

P. ¿En algún momento cortaste tu relación con Alcázar?
R. No, porque tenía aquí a mi novia, hoy esposa, y venía cada sábado; veníamos todos los amigos que estábamos trabajando y estudiando en Madrid. Incluso cuando mi familia se trasladó a la capital yo seguía viniendo y me alojaba en casa de amigos, dormía en camas Úbeda y de familiares. Los viajes en tren eran muy entretenidos y reforzaron una amistad que aún perdura.
    Luego, trabajando ya como profesor si me alejé algo de Alcázar, pero cuando retorné…mis amigos seguían ahí, donde  siempre estuvieron.

 

P. Los jóvenes de tu generación tuvieron que marcharse fuera a estudiar o a trabajar. ¿Lo encuentras justificado? ¿Estáis ahora regresando?
R. Hablo por mí. Había pocas oportunidades aquí y era relativamente fácil trasladarse a Madrid. Era fundamental para formarse, madurar fuera de casa. Pero yo nunca quise vivir en una gran ciudad, así que cuando acabé la carrera y saqué las oposiciones salimos de la capital.
    Con el tiempo veo que muchos estamos regresando a Alcázar, efectivamente. Hoy es más fácil viajar y estar en contacto con cualquier lugar. Aquí me resultan más fáciles las relaciones interpersonales, me basta con salir a la calle o ir a determinados bares y ya me encuentro con alguien con quien  conversar, si me apetece.  

 

P. ¿Quién es realmente un filósofo? La Filosofía ¿es una terapia del alma? ¿Cuál es la Filosofía y el filósofo  que aconsejas leer en estos tiempos de crisis, tanto económica, mental y espiritual?
R. Cuando el niño pregunta el significado de un cuento, ha pasado la edad de que le sigamos contando cuentos, decía un pensador alemán. Toda persona, especialmente desde la adolescencia, que se pregunta algo y no se conforma con sólo una respuesta, y sigue preguntando hasta que hace suya una de las que encuentra, se comporta como filósofo. No importan tanto las respuestas porque van a ir cambiando, igual que cambiará el que hace la pregunta. Es un ejercicio, una actividad de crítica acerca de cuestiones que nos afectan en cualquier momento de nuestra existencia.
    No me interesa la «terapia del alma», eso lo dejo para los sacerdotes y los psicólogos. Decía Nietzsche que quien no sabe mandarse a sí mismo, tiene que obedecer. Y no van a faltar pastores, orientadores, salvadores…
    Cuando se leen a pensadores de perfiles diferentes, se  acaba por «descubrir» alguna afinidad con ellos. Es algo así como «esto ya lo había pensado yo antes».
    Pero si me pides uno en concreto, diría que hay que leer a Platón siempre.  Y Nietzsche, aunque suene paradójico a su lado. Pero es difícil aconsejar sin conocer al otro.

 

P. ¿Se puede transmitir filosofía en un lenguaje próximo al Quijote para hacer llegar su discurso  al público en general?
R. En  El Quijote, como en la Biblia, se puede encontrar casi todo. Que la gente los lea y  de deje llevar. Es lo que sugería Lutero hacer con las Sagradas Escrituras: dejar que al leerlas con buena voluntad  el lector descubra en su propio interior se despierte un intérprete insustituible. El resto es doctrina e ideología.

 

P. ¿Crees que las religiones desaparecerán en un futuro cercano? ¿Por qué, a pesar de vivir en una sociedad altamente tecnológica, mucha gente cree en la existencia de fantasmas, pagan a personas para que les «lean» el futuro y confían en que haya una vida después de la muerte?
R. No creo que desaparezcan como experiencia religiosa, como forma de enfrentarse a algunas dudas y miedos. En ese aspecto no importa que sean verdaderos o falsos sus contenidos. Son «ficciones compartidas» que ayudan, como tantas terapias a quienes las practican. Su utilidad podría ser su justificación. Santa Teresa decía que «cuando amo no me pregunto por qué amo, cuando creo, no me pregunto por qué creo.» Siempre he admirado a esta mujer.
    Por otra parte, hoy hay un enorme supermercado de la religión en el que cada uno puede escoger la forma que más cómoda le resulte, la que le permita  seguir viviendo como a él le gusta, es decir, sin deberes ni sacrificio. Pero eso no es la religión, que conste. Durkheim decía que toda forma religiosa debe tener dos componentes: misterio y rito, y yo no veo misterio en algunas de esas prácticas secularizadas, tan alejadas de la espiritualidad. No sé en qué clase de Dios creen, pero seguro que si existe, Él no cree en ese tipo de «fieles».
    Yo siento una gran admiración por los místicos españoles, y respeto. Por muchas de las formas modernas de religiosidad, ni  la una ni lo otro.  Hay gente que se define como «creyente no practicante», lo cual me parece una aberración, ¿te imaginas a alguien vegetariano no practicante o abstemio no practicante? Pues eso.
    Lo otro, esas  «ciencias para-anormales» son restos de supersticiones que ahorran a muchos el tener que reflexionar seriamente. La decadencia de la religión tradicional ha dejado un vacío que se intenta llenar con esa vuelta a la irracionalidad. Me cuesta entender que se maneje la tecnología más avanzada y se consulte al mismo tiempo un horóscopo o se acuda al homeópata…pero allá ellos.

 

P. ¿Has logrado convencer a los alumnos con algún argumento filosófico abstracto que tenga conexión con su realidad más inmediata? ¿Ves una diferencia entre la manera cómo piensan los alumnos al inicio del curso y después de estudiar a los grandes pensadores?
R. Hay una gran diferencia entre predicar una doctrina y defender  una teoría. A la primera, uno se «convierte», la otra te convence (te convences), o no.  No es equivalente predicar el misterio de la Creación y explicar la teoría de la Evolución.
    Hay  filósofos que actúan como predicadores encubiertos (los hay que no lo ocultan), pero no me gusta ese papel en la docencia de ninguna disciplina (No considero tal la religión, por supuesto). No creo que se pueda

ser absolutamente imparcial, claro, pero hay que  poner en guardia a quien te escucha frente al poder de seducción de determinados discursos y de quien lo expone desde la autoridad que le da el cargo.
    Creo que en la adolescencia apetece discutir, discurrir, deducir a partir de lo que se tiene a mano. Nosotros, en filosofía les ofrecemos argumentos bien construidos, interpretaciones de la realidad elaboradas por testigos de primera, y luego el que tiene un buen terreno abonado en su inquieta cabeza, debería dar un fruto del que se sienta en parte autor. Claro que cambian en nueve meses. Y no solo ellos.

 

P. Teniendo en cuenta tu recorrido filosófico y académico ¿Cuál es la relevancia de la filosofía  en la formación de un estudiante?
R.  Es fácil: les ayuda a  pensar críticamente, o mejor, les enseña que otras personas en otro tiempo también fueron críticos con la realidad que les desafiaba. Pero a pensar se aprende pensando «en algo», como a jugar «a algo» o a cantar «algo». Luego, uno descubre que puede cambiar ese algo por otro, pero se enfrenta a ello desde la destreza adquirida en aquel entrenamiento. O reflexionas u obedeces.
    Mira, a Aristipo, un discípulo de Sócrates le preguntó un ciudadano rico cuánto le cobraría por instruir a su hijo y al conocer el coste dijo que por ese precio se podría comprar un esclavo. Aristipo le dijo «cómpratelo y así tendrás dos»

 

P. ¿Deberían las disciplinas humanísticas entonar a su vez algún tipo de mea culpa por su autosuficiencia de antaño y su retraso presente en no lograr picar la curiosidad al mismo nivel que las disciplinas científico-técnicas? ¿Y qué opinas de la afirmación habitual de que las sociedades de consumo actual  no valoran los saberes aparentemente poco prácticos?  
R. Bueno, si la utilidad de un saber es el único criterio para enseñarlo, la fontanería sería antes que la filosofía. Y la mecánica del automóvil. Pero no escribimos poemas, componemos canciones o pintamos cuadros porque sean útiles. Bueno, para quien lo hace sí lo son; los demás, pueden recurrir a Google, que está lleno de «tutoriales»
    Un poeta puede hacer lo que los demás, y además, versos. No corren buenos tiempos para la lírica, es cierto. Pero ya Aristóteles llamó la atención sobre el hecho de que esto de reflexionar apareció cuando las cuestiones prácticas (las necesidades básicas) estaban ya resueltas. No sólo de pan vive el hombre…

 

P. ¿Cuál crees que sería el método que emplearía Platón para enseñar filosofía hoy?
R. El que siempre utilizó: la mayéutica, que consistía en hacer preguntas fingiendo no conocer la respuesta e invitando a su interlocutor a convencerle con argumentos de lo que cree que es la verdad. Esa manera de preguntar y ayudar a «dar a luz» (eso significa mayéutica: obstetricia) se ha empleado en hasta en el psicoanálisis de Freud. Es una manera elegante de acompañar, conduciéndolo, al alumno a buscar una verdad en lugar de imponérsela desde el principio. Si él cree haber contribuido al hallazgo de la misma, siempre le resultará más cómodo asumirla. Pero hay que conocer la pregunta pertinente. El griego, a diferencia del chino y otras lenguas, disponía de un tiempo verbal que podía plantear algo como hipótesis ( condicional), es decir, no da por hecho algo pero pregunta cómo podrían ser las cosas si... Eso da lugar al pensamiento hipotético-deductivo, es decir, permite sacar conclusiones (deducciones) a partir de algo que de hecho aún no es.
    Es el fundamento del pensar racional, científico. Quiero decir que Platón podría seguir enseñando con su manera de preguntar. Es lo que hace un abogado en un juicio, un policía en un interrogatorio, un psicólogo en su consulta. Todo estaba ya aquellos griegos.

 

P. La novela de Cervantes es una obra en la que la filosofía encuentra luces y sugerencias de una riqueza inagotable. ¿Anticipa el Quijote la filosofía moderna?
R. No sabría decir, porque hoy más que corrientes filosóficas hay pensadores independientes que no se someten a escuelas al estilo tradicional. El ‘posmodernismo ha hablado de la muerte de los grandes relatos como el marxismo, el cristianismo y el psicoanálisis, doctrinas que pretendían explicar la totalidad, sin salirse de ella. En Cervantes hay estoicismo, escepticismo, idealismo...Pero hoy no estoy seguro de que haya una corriente de pensamiento que domine el panorama intelectual al completo. El Quijote es, entre otras muchas cosas, una alegoría al fracaso, porque, si lo lees tranquilamente hay muy pocas aventuras que acaben bien para el hidalgo. No sé si hoy, que se fomenta el sujeto emprendedor, creativo, innovador, podría valer como ejemplo. Tampoco la resignación ante la desventura o la fe en el amparo divino. Pero quien busca una señal de algo, acaba por encontrarla, o al menos pone mucho de su parte para interpretar algo como señal o indicio de lo que busca. Ya he hablado de la semejanza con la utilización de las palabras de la Biblia. Nietzsche insistía en que, aunque no hay valores, hay valoraciones. El Quijote es maravilloso por sí mismo.

 

P. A manera de despedida para todos nuestros lectores, ¿Qué es exactamente la vida? ¿Con qué filosofía se puede afrontar y desarrollar una buena vejez, o la enfermedad, la pérdida del ser querido o el paro? ¿Qué libros nos aconsejas en este sentido?
R. Hombre, visto así parece que la filosofía tenga que servir como bálsamo, o anestésico. Dejemos eso a los predicadores, a los curas, a los consejeros espirituales de todo tipo. La esperanza y el miedo, señalaba Spinoza, han sido dos de las armas  más utilizadas por todos esos para devaluar el presente, para descafeinarlo. Amenazan con otro mundo aún peor o prometen un paraíso   y luego inculcan la culpabilidad en la gente. Ahí está el cristianismo o el marxismo, dos de los «relatos» y al mismo tiempo formas de dominio ya caducados que ofrecen «otro» mundo, aunque con poca garantía.
    La vejez, la enfermedad, la pérdida y todos esos retos siempre serán duros. ¿Qué tipo de personas seríamos si no nos afectaran? Hay que elegir entre el misterio y el absurdo, allá cada cual. En ningún otro sitio se expone esto con más dramatismo que en el magnífico Libro de Job, del Antiguo Testamento, una lectura siempre recomendable.
    Sastre decía que «la vida es una pasión inútil». Parece una paradoja pero si uno lo piensa fríamente, debe encontrar ahí su propia respuesta. (Pero, por favor, no hace falta que luego nos la predique).

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