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Antonio Leal
Jueves, 14 de marzo de 2019
ENCUENTROS EN LA CASTELAR

Hoy, con José Luis Gómez Fuentes (El chico de la Olimpia)

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Por Antonio Leal Giménez

Nos cuenta José Luis, que su madre, de constitución “estrecha de caderas” se puso de parto un 3 de agosto y que[Img #68668] fue un “parto seco”. La salida del bebe del útero ni iba para adelante ni para atrás. D. Rafael, el médico que la atendía, decía “tu aguanta que la Naturaleza es muy sabia”. En aquellos entonces y, así de crudo era, se salvaba la vida del que iba a nacer antes que la de la madre. Y, teniendo en cuenta que pesó en báscula cerca de seis kg y que calza un 61 de boina, se puede decir por tanto que está en este mundo de milagro. Por eso cada día cuando se levanta, desde que tiene uso de razón, abre la primera ventana que encuentra y mira fuera, porque sabe que, ¨Hoy, es un nuevo día, para vivir de nuevo¨, como decía Cabral.

 

Vivió en la actual calle Dr. Bonardell, que antes fue Avda. de Herencia, y con anterioridad, calle de Nicolás Salmerón (político, abogado y filósofo, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República durante mes y medio en 1873). Creció “en la carretera”; coches pasaban pocos; y tuvo un buen patio de juegos: el cine Delicias. Allí los niños se encontraban “recogios” y las familias podían estar tranquilas, mientras ellos disfrutaban de lo lindo tanto en invierno como en verano.

 

Es una persona muy crédula, reconoce que le falta un hervor y por ello, ha tenido bastantes desengaños convertidos en experiencias positivas. Fue el hijo mayor de la hija mayor del hijo mayor. Y eso le hizo que tuviese que dar ejemplo siempre.

 

Su primera escuela fue en “las monjas¨, luego la antigua Balmes, hasta terminar el Bachillerato Superior. Empezó a trabajar como aprendiz en la Renault, entrando meses más tarde como Auxiliar Interino en Correos, empresa en la que ha desarrollado toda su carrera profesional, trabajando en diversos puestos y localidades, a medida que iba ascendiendo por oposición, hasta llegar a ser Jefe de Servicios Periféricos en A Coruña. Durante un tiempo fue cronista/fotógrafo, aficionado deportivo en el Diario de la Mancha, Lanza, mandando crónicas mayormente de los Juveniles del Gimnástico, bajo el pseudónimo de OLGA.

 

Formando parte del Grupo de Coros y Danzas del Grupo de Empresa Renfe, en una ocasión fueron invitados a bailar en las Fiestas del Pilar en Zaragoza. Les alojaron en un mismo hostal que a los grupos de Cádiz y Ferrol; allí vio a una chica gallega que al cabo de año y medio lo aceptó como esposo. Ella vivía en Ferrol, él   en   Alcázar.

 

En su niñez quiso aprender a tocar la guitarra con el maestro Cerro, pero al decir su padre que el laúd, no hubo ni laúd ni guitarra. En la actualidad, una vez jubilado aprende a tocar el bombardino y la zanfona.

 

Le gusta el teatro, ya que, nos dice, que no vale para otra cosa. El teatro es importante, muy importante, para José Luis, porque puede dar todo de sí, porque expresa todo lo que siente, y se le quita la vergüenza al actuar delante de tantas personas. Aunque todavía, después de tantos años encima de los escenarios, siente mariposas en el estómago, se le seca la boca y se queda en blanco. En Alcázar ya hacía cosas en el antiguo Club 2001 y cuando D. Antonio Segura formó el Grupo “La Cabaña” se incorporó a él. Luego tuvo la oportunidad de estrenar La Rebelión del Campo el 14 de abril del 1978 con Sesarino. Este grupo de teatro estaba integrado en el llamado Grupo de Empresa RENFE. Actualmente participa, en gallego, en muchas representaciones como actor. Le gusta estar con la gente, aunque es de tendencia solitaria. Se considera capaz de formar parte de un equipo, pero, nunca de una camarilla. Forma parte del Consejo Pastoral de la Archidiócesis de Santiago de Compostela, y se define ser más cristiano que católico.

 

Se siente orgulloso de que le nombren por “El chico de la Olimpia”, y odia a los pajarillos que pululaban a su alrededor, porque, nos cuenta que, en sus años de niño, eran los encargados de contarle a su madre, todo lo que hacía y por donde había andado.

 

Nuestro “Encuentro” tiene lugar en la Oficina de Correos, desde nos dirigiremos hacia el lugar donde estuvo el cine Delicias y para terminar en la puerta de la antigua posada, frente al famoso anuncio de Nitrato de Chile, ambos desaparecidos en la actualidad.

 

 

PREGUNTA: Siempre que puedes vuelves por Alcázar de San Juan ¿Sueles notar los cambios que se han producido en la ciudad los últimos años? ¿Cuál es el que más te llama la atención?
RESPUESTA: Sí, aunque cada vez estas visitas se van espaciando más. Sí que noto los cambios que va experimentando Alcázar, siendo los «pelouros» (pedruscos) que han puesto por las aceras, algunos, incluso sobre alguna tapa de registro de agua o alcantarillado, lo que más me ha llamado la atención, tanto como el enlosado de las calles quitando las aceras…



P. Cuéntanos algunos recuerdos que tengas sobre sus padres y abuelos. ¿De qué tradiciones familiares te acuerdas? ¿Tenía tu familia una forma particular de celebrar las Fiestas de San Antón, San Sebastián y la romería de San Isidro? ¿Qué era las que más te gustaba y recuerdas con más cariño?
R. Como decía Jack el Destripador, vayamos por partes. Tanto de mis padres como de mis abuelos tengo muchos recuerdos, y haría falta un libro para narrarlos. De mi abuelo, uno de los recuerdos más nítidos que tengo es el de que, siendo sordo como era, cuando hablaba en público con alguien de algún tema delicado se quitaba el sonetote para que el otro hablase alto y claro. De mi padre, que murió muy joven, tengo presente aquello de que «Si no le encuentras la solución, pásalo a pasiva», y, que «El infierno está empedrado de buenas intenciones». De mi abuela y mi madre, qué voy a decir, siendo como eran mujeres de fuerte carácter de corazón tierno.
    Teníamos en mi familia la costumbre de celebrar la noche de San Antón haciendo una hoguera en la Castelar delante de la tienda de mi abuelo. Se cortaba jamón y chacina, vino y pan no faltaban, para los chicos gaseosa, que era fiesta, y se freían unas cortezas y unas lascas de tocino. Por cierto, a mi tío Oliverio, se le atascó una en la garganta y si no llega a ser por Tomás, el gañán de la casa de mi abuelo que anduvo presto y se la sacó metiéndole los dedos en la boca, se nos queda. Y luego, el día del Santo, a ver a las mulas dar vueltas en Santa María.
San Sebastián, se celebraba yendo a ver la descomunal hoguera que se hacía, apuntarse a tomar tortas en sartén de «invitao» en casa de alguien, subiendo el Santo a la ermita y saltando a la comba en el Arenal.
    San Isidro a tope. A mí de chico me vestían de baturrillo, íbamos a pedir una vara de picapedrero al Sr. Pedro que vivía en la posada de gitanos frente a las Aguas. Siendo el subir al Cerro en el carro engalanado y cantando lo mejor de la fiesta.



P. ¿Cómo vivías las Ferias y Fiestas, los Carnavales, la Semana Santa y las Fiestas de Moros y Cristianos? ¿Qué recuerdos tienes del cine en invierno y en verano?
R. Pues impaciente, esperando que llegase el día, yendo a ver lo que había, y echando cuentas a ver cuantas vueltas me iban a invitar mis padres a montar en los caballitos. Los Carnavales, ni fu ni fa, salvo uno en que la pandilla nos disfrazamos de presos. Estamos hablando de mi niñez.         La Semana Santa, siempre fue especial, en la tienda no dábamos abasto y la semana anterior, se la pasaba mi madre amasando pastas, rosquillos y «amantecaos» y por las noches al horno a cocerlos. A los chicos nos tocaba vigilar las latas para que no nos las cambiase. Luego, las procesiones, donde siempre tuve la pega de que cuando quise ser de los Nazarenos, mi padre dijo: «bastante nazareno estás tú hecho ya…» Luego, me apunté a la Cofradía del Santo Sepulcro. Casi todos los domingos íbamos al cine, a la primera, y el recuerdo que tengo es salir con cara triunfante cuando los que esperaban a entrar preguntaban eso de que  ¿qué tal está?... Eso en invierno, que en verano, el señor Fernando, el guardés del cine Delicias, a veces nos dejaba colarnos a general. A los Moros y Cristianos no he llegado.


P. ¿Cómo era tu casa, el vecindario y el lugar en el que creciste? ¿Qué es lo que más  y lo que menos te gustaba del pueblo cuando eras pequeño?
R. La casa de mi madre, era un caserón inmenso con bodega incluida con su pozo del orujo y jaraíz. El vecindario era como una familia, sobre todo en las noches de verano, donde se salía todo el mundo a la hacer a pegar la hebra, mientras la chiquillería nos dedicábamos a jugar a lo que fuese. No creo que me gustase una cosa más que otra del pueblo, no soy persona que haga comparaciones, cada cosa tiene su sitio, su momento y su nivel.  Y, qué narices, Alcázar de San Juan era mi pueblo.


P. ¿Cómo fue tu infancia? ¿Cómo describirías un día perfecto de tu infancia? ¿Tienes alguna historia favorita de tu infancia? ¿Alguna anécdota que recuerdas con cariño o nostalgia?
R. Supongo que como la de todo el mundo, de deseos cumplidos y otros no cumplidos pero justificados. Siempre supe que tantas razones tenía un no como un si. Si podía ser, podía ser, y si no, no. Al ser mi terreno de juego el patio del cine Delicias, mi mundo quedaba muy reducido, pero no exento de emociones. Pues, cuando estaban haciendo las catas para los cimientos del cine Cenjor, jugando a eso de «Fuera de mi terrontero» (la tierra amontonada sacada de la cata), no sé por qué motivo, estando yo en todo lo alto, empecé a reír y me caí hacia atrás dentro de la zanja rompiendo la escalera que había dentro, mientras los demás me buscaban, pues había desaparecido por ensalmo. Tengo nostalgia de mi vecino Prisci (Prisciliano), que era guardafrenos en la Renfe y me traía los zapatos de Segarra de Madrid, jugando conmigo al pillar o a las bolas, y enseñándome, para desesperación de mi padre eso de: «Oh María Madre mía, tengo ganas de cenar, amparadme y guiadme a la fábrica del pan». Murió electrocutado en Marañón.


P. ¿Cómo fueron tus años escolares? ¿Cómo eran tus amigos? ¿Hubo algún maestro que haya tenido una influencia particularmente fuerte en tu vida?  ¿Los niños jugabais con los niños y las niñas con las niñas?
R.Pues normales como es normal. Si estudiabas te sabías la lección, si no, no. Y los amigos, pues eso. Amigos, con los que querías estar. Sí hubo Maestros que influyeron en mí. Para seguir sus pasos: D. Ezequiel, D. Antonio (El pipa), D. Arturo (el de Tururú), los Padres Manuel, Fidel y Gabriel; otros para olvidarse de lo que hacían e incluso de sus nombres. En la calle, por las noches de verano no hacíamos distinciones, de día si.

P. ¿Qué cosas estaban de moda en tus años de juventud? ¿Recuerdas los bailes del Casino, de la Piscina Marcris, el club Impala, Marisol Rumbo a Río? ¿Y las canciones interpretadas por la Orquesta Iberia, Mari Ermi Arellano, Nómadas, Rombos Boys, Gritos, Eléctrico Maquiavélicos?
R. Dejarse el pelo largo, que yo con el molondro que tengo y mi tipo de pelo no lo logré. Las canciones del Dudua, y la explosión de los Beatles los Rollins etc... Siempre fui de los primeros. Claro que me acuerdo de los bailes del casino, en carnavales, con los papelillos a montones por el suelo, y el año que llegó la Yenca, ver temblar desde la sala de billar el techo cuando llegaba eso del «Un, dos, tres». A la Marcris nunca fui ni a bailar ni a ver los bailes, al Impala sí. A sacar agua la mayoría de las veces… Y en Borsalino a esperar que Quique Molina el del cine Alcázar, se metiera a pinchar discos. La Orquesta iberia la escuché en las bodas de los primos de mi madre. De los nombres de los conjuntos que tocaban en el Impala, le tendría que preguntar a mi amigo Santi González, que se los sabe todos.


P. Desde pequeño estás muy involucrado en actos culturales, teatro y música. ¿Cuáles eran tus aficiones entonces? ¿Qué haces en la actualidad? ¿Qué te inspiró para convertirte en un amante de las artes?
R. Como decía Groucho, empezaré por la última. Desde pequeño, mi padre me enseñó (no quiero decir obligó) a leer en voz alta y a declamar. Mi padre era un lector empedernido y siendo como fue músico en la Banda Municipal de Alcázar, siempre viví ese ambiente musical. Aparte, mi madre no sabía hacer algo si no lo hacía canturreando, coser, cocinar… etc. Y de ellos heredé yo esas costumbres. Al teatro llegue deslizándome poco a poco. Aparte de hacer teatro en las monjas, en el balneario de Marmolejo, donde un año mi abuela me llevó con ella cuando iba a tomar las aguas, en la pensión/hotel en que estábamos, uno de los veraneantes, en las tediosas tardes de verano se inventaba representaciones, dándonos papeles a todos los «voluntarios». Lo que más me gustaba era pasar la gorra al final de las actuaciones y con lo que sacábamos irnos a comprar helados. Esta costumbre de pasar la gorra, la sigo teniendo, sólo que ahora lo recaudado va a los cepillos de la Parroquia, Cáritas, etc.


P. ¿Qué importancia le das a la enseñanza de la música en las aulas? ¿Qué influencia crees que tienen las enseñanzas artísticas en general sobre los niños, adolescentes y sobre la sociedad en general?
R. Toda la que los diferentes Gobiernos de España no le han dado. El aprendizaje del lenguaje musical es 100% beneficioso para el desarrollo del cerebro, aparte de una recompensa para el esfuerzo realizado. El Teatro, te enseña a dominar tus emociones, a buscar las que te pide el texto, a expresarte en público, a hablar, a escuchar…

P. Hay quien entiende el teatro como una liberación, una forma de ordenar los recuerdos y pensamientos, un método de relajación, un reto para demostrarse a sí mismos que son capaces… ¿cómo lo entiendes tú?
R. Como diría Billy Elliot: No lo sé. Me siento bien. Es una rigidez o algo parecido, pero cuando empiezo entonces olvido todo. Es como si desapareciese y apareciese el personaje, escucho sus palabras que son las mías, hago mis movimientos que son los suyos Y siento vértigo si desaparece la cuarta pared (según qué tipo de obra). Y, no, no me tengo que demostrar nada… pero tengo que conseguirlo. Una buena dirección ayuda mucho.

P. ¿Cómo pensabas que sería tu vida de mayor? ¿Cómo se ve la vida en código musical y de teatro? ¿Por qué hay que ir al teatro? ¿Qué has aprendido de Cervantes y Lope de Vega?
R. Ni me lo planteaba, dependía de la película que hubiera visto. En la vida en código musical, aprendes a darle valor a los silencios de corchea. De Cervantes aprendí a hablar pausado haciendo verso de la prosa y de Lope, la fuerza de un pueblo unido: ¿Quién es Fuenteovejuna? Fuenteovejuna,  señor Comendador, ¡Todos a una!


P. Cuando estás en tu actual lugar de residencia y dices que eres de Alcázar de San Juan ¿qué es lo que te dice la gente? ¿Qué lugar o paraje recuerdas más a menudo de Alcázar de San Juan?
R. ¿Dónde es eso?, o ¡Ah!, ¡por ahí he pasado yo en tren! El paraje que más a menudo recuerdo es el rio de la carretera de Manzanares, donde aprendí a nadar a pesar de las sanguijuelas y, estar perdido en medio de las viñas en la llanura, donde aprendí a orientarme por el sol. Un día volviendo de la Casa del Preso a la huerta de mi abuelo, mis hermanas mis primos y yo nos perdimos, y menos mal que pasó el menos mal que pasó el vuelcaollas  a las 13:00 y algo y pude orientarme.

P. Menciónanos una palabra, una expresión y una comida totalmente «moñigona». ¿A quién te gustaría en primer lugar enviar este «Encuentro en la Castelar»? ¿Recuerdas la letra de la canción «Chache alcánzame un nido»?
R. «No te abociques tanto al brocal que te vas a escocotar en el pozo. La caldereta de cordero. A todos los que la van a leer en el Facebook y a los que no estando ya, sin embargo están en mí. No, no conozco la letra, pero sí conocí al alcaceño apodado «Chache alcánzame un nido», que, una tarde de verano en la zapatería de Chamorro en la placeta de Santa Quiteria, me hizo un riguroso examen de geografía, y, como salí bien parado, me regaló el lápiz con el que le había dibujado diferentes mapas y por supuesto el de España con sus Regiones.


P. Para finalizar unas palabras de despedida a nuestros paisanos que se encuentran a 743 kilómetros del lugar donde vives.
R. ¿Quién soy yo para hacer eso? Pero... del viejo, el consejo. Ahí va: Cuentan que un emigrante cuando quiso retornar a su casa le pidió al amo los dineros ganados con su trabajo y este le propuso: Elige, te doy tres consejos o te doy los dineros. El emigrante se decantó por los consejos y el empleador le dijo: 1º: Nunca, ni por bueno ni por malo dejes camino por atajo. 2º. Antes de tomar una decisión medítalo bien. 3º Comparte con los demás tu mayor posesión, que es tu tiempo. Y dándole una empanada para comerla con su familia cuando llegase a su casa lo despidió. Sería muy largo de desarrollar este cuento, pero, si un día me encontráis por Alcázar de San Juan, montar un escenario con cuatro mesas y os lo contaré despacito, como hay que beberse la vida y el vino, paso a paso, sorbo a sorbo. El pasado, pasado está, el provenir, ¿Quién sabe? Por lo tanto «Carpe diem.» Que Dios llene de Felicidad y Salud vuestros días y los de los vuestros. Y yo que lo vea. Recibid, de este que lo es, un abrazo.
 

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