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SANTIAGO RAMOS PLAZA
Miércoles, 21 de febrero de 2018
EN EL NOVENTA CUMPLEAÑOS DEL PINTOR

Herreros en la casa de su pintura

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Santiago Ramos Plaza (Catálogo Exposición. Año 2002)
Con motivo del 90 cumpleaños de José Herreros, reproducimos el siguiente artículo escrito en 2002

A escondidas de todos, Herreros puso la primera piedra de la casa en que iba a vivir por siempre, una Venus de tierra, agua, viento y fuego, presenciando un nuevo amanecer de la Pintura. Desde aquella inauguración sin pompa, han pasado más de sesenta años de arrebato y contento, de desquiciamiento y amargura, dentro de una redonda soledad de la que no podría escapar aun dotándolo naturaleza de unas alas angelicales.

 

La Pintura, que ha recibido tantos nombres de tantas bocas, dígase mi señora, mi diosa, mi salvación, mi gloria, también mi pérfida, mi soga al cuello, mi infierno sempiterno, le concedió el espacio reservado solamente para él, tal vez de igual medida que el concedido por la creación a cada astro suyo para que sin estorbo alguno construyera su casa.

 

Yo celebro por ahora las bodas de plata de mi entrada a este edificio singular, acaso insólito, en constante crecimiento al impulso de este hombre que, por entendimiento, o por intuición, a veces por ambas cosas, mezcla con el pincel las grasas y los aceites en las telas de tal manera, que la luz fundamental precisa al cuadro se añade sola. 

 

Cada día pasan por delante los albañiles con sus materiales de obra, preocupados por la falta de cobijo de Herreros, pero él, abstraído en su hacer, no les pide ayuda aunque la sepa imprescindible para resguardarse de la lluvia y del frío.

 

Todo lo que es tiempo, mundo, vida y muerte, se transforma en la materia de esta casa en la que tienen cabida pueblos y campos manchegos y tierras y litorales lejanos, casi imprescindiblemente con sus gentes; unas desempeñando sus trabajos, otras de fiesta, otras en sus vicios; también con sus pasatiempos, con sus enfermedades, con sus locuras, con sus defectos físicos, o con su soledad, tal  si el pintor tratase que su obra representara el mural de su conciencia como testimonio de lo iluminado por la vela de su vida.

 

Juntas las visitas en mi memoria, de algunas, no de todas, pues la disposición está sujeta a cambios como el mar a sus mareas, puedo decir que el franciscano Francisco me ha llamado hermano y que la cruz de Jesús camino del calvario la he llevado un rato a cuestas, cual si estuviese  en una iglesia a solas; que he paseado por Alcalá, que he presenciado Toledo a vista de pájaro, Cuenca desde un risco, que he entrado en la catedral de Burgos, que cerca de Quesada he escalado los montes, que me he bañado en Ruidera; que he alimentado al caballo blanco que sueña otro Alcázar, que he tocado una flauta melodiosa, que he desfilado en una rogativa con su estandarte, suplicando la lluvia porque se pierde la cosecha; que he dado agua a las espigadoras, dobladas detrás del segador que empuña una luna creciente desprendida de la altura para su manejo; que he ofrecido a las azafraneras la flor que se dejaban, que he comido uvas de la espuerta de las vendimiadoras, que he parado una riña de gañanes, que las luces del atardecer me han envuelto como al pastor y a su rebaño y que me he sentado a la sombra de los árboles de una quintería, admirando los molinos que sostienen el cielo antes de recoger carbonilla de la vía.

 

Y siguiendo al paso, o deteniéndome, o quizá corriendo, o volando, porque aquí dentro el tiempo no es el de afuera, he entrado, como en habitaciones, en los cuadros donde el pintor ha repartido el dolor que le punza en el costado incluso con más frecuencia de lo que es norma en quienes dedican su vida a los demás. Ahora, por ejemplo, cojo de la mano a un niño abandonado que llora, consuelo a la vieja enlutada y sola, converso con dos menesterosos, doy una limosna a un mendigo, hago carantoñas a un deforme, me uno a los obreros explotados al salir de la fábrica, rezo por la enferma agonizante y con todos canto a coro las bienaventuranzas.

 

Continúo mi paseo, endulzándome la vista las escenas en que el pintor, aligerado momentáneamente de pesar -porque insistirá en pintar desgracias con nuevos bríos- expresa su sensualidad plena, rica e influenciable, en la joven desnuda atusándose el pelo sin espejo, en la lozana de los pechos altivos y retantes, en la bañista exuberante del flotador, en la vendedora del gusto sin techo, en el hombre y la mujer de caricias lascivas, en el gozo largo del pecador onanista, en los amantes fogosos que arden al trote, y abrazándome a todos ellos, como si miráramos por una ventana, nos vemos cual somos en las esculturas de bronce o escayola que forman un ejército.

 

Y más adelante, a pocos pasos, trágicamente soy torero herido en el redondel, o picador con el caballo flotando en un remolino de arena y relinchos, o público, en la atmósfera ardiente del arte, el miedo,  la  sangre y  los olés; y también soy la calle con el toro de protagonista corriendo hacia los bultos mientras lo jalean desde los balcones, y la luz de piedra soy en los  toros de Guisando.

 

Y de la fiesta nacional entro en la literatura abriendo las páginas de su libro de siglos, encontrándome a Cervantes y sus personajes en muchas láminas, también a la generación del noventa y ocho casi al completo. Cierro el libro, y al dejarlo me encuentro con sus dibujos, las únicas vigas que sujetan el armazón de esta casa: ideas, apuntes, esbozos, casi hechos, y definitivos, aguardando ser cuadros, óleos en los que entraré en un nuevo paseo.

 

Prosigue el pintor su obra en marcha, sin aceleración y sin descanso, como dijo el poeta, y despidiéndose de mí, me dice que va a empezar el carro de los comediantes, del Quijote. Yo salgo de la casa de su Pintura, imaginando ya el gran cuadro que será mientras me sacudo de la ropa el polvillo de colores, calle del Cristo cuesta abajo.

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