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I.C. Religiosa de la Sagrada Familia en Alcázar de San Juan
Miércoles, 27 de junio de 2018
"DE UNA PACIENTE AGRADECIDA"

Trece días en la planta 2ª del Hospital de Alcázar de San Juan

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I.C. Religiosa de la Sagrada Familia en Alcázar de San Juan

En ese ratito de calma, después que los enfermos han cenado y que el pasillo se despeja…; me acerco al puesto de control de esa planta segunda.

 

- Señorita, por favor, ¿me permite el Libro de Reclamaciones?

- Levanta la cabeza de su trabajo y, entre serena y sorprendida, la oigo balbucear: si…, estaba por aquí…; remueve papeles…, se dirige hacia dentro, como para preguntar a alguna otra persona, pero se vuelve. Me mira y me dice: lo siento, debe de estar abajo, en “atención al paciente”. Si lo desea puede bajar y pedirlo…

- ¡Ah!, yo pensaba que existía en todas las plantas un libro llamado de “Reclamaciones” junto con otro de “Agradecimientos”…

- Ya más distendida, en su rostro se refleja un aire de complicidad conmigo y me mira tímidamente a la cara esbozando una media sonrisa.

 

     Este episodio, aparentemente anodino, casi divertido, me ayuda a hacer, en un primer momento,  esta reflexión:

¿Por qué siempre estamos mucho más dispuestos a reclamar lo que llamamos “nuestros derechos”?

¿Por qué no lo estamos tanto para agradecer las múltiples atenciones que recibimos sin reclamar nada a cambio - o quizá si- un poco de agradecimiento y comprensión, que a veces les negamos?

        

         Yo lo estoy; estoy muy agradecida por los cuidados de esos ángeles, anónimos,  que van y vienen de prisa, ¡siempre de prisa!..., siempre puntuales, cercanos…para atender a sus hermanos que necesitan de sus cuidados.

 

         ¡Cómo Dios debe miraros con benevolencia a la cara y deciros: (Cristina, Isabel, Noelia, Lucia, Félix)  “Me estáis reemplazando, sois  la prolongación de mis manos para cuidar a vuestros hermanos heridos, con el amor, delicadeza y cariño con que yo mismo los trataría.  Los dejo, confiado, en vuestras manos!

 

         Sois ángeles anónimos sí, porque apenas si conocemos vuestros nombres, apenas si podemos ver en vuestras caras el cansancio, la preocupación, también el dolor de no poder aliviar sin hacer sufrir, pero que cumplís la ¡misma misión! que la de aquellos de los que sí conocemos los nombres y la misión que Dios   les dio desde la creación del mundo:

 

Miguel, ¿”Quién como Dios”? Elegido por Dios para frustrar al Maligno (Ap 12,7-9)

Rafael, “Camino y compañía” ¡Animo, Dios te curará pronto; ánimo!  (Tob 12, 15)

Gabriel, “Fortaleza de Dios” Anuncio, mensajero de buenas noticias ( Lc 1,26-28)

 

              ¡Su misión! la misma que la vuestra: cumplir sus órdenes sirviendo a los demás.

        

         Vosotros sois sus continuadores; porque la obra de Dios, su providencia para con la humanidad, tiene que permanecer. El es Fiel; y cuando aparentemente desaparecen estos ángeles de carne y hueso, ahí está la magnífica tecnología, que el hombre con la inteligencia, que El le ha dado, reemplaza, alivia, enriquece vuestra tarea.

        

         ¿Qué si estoy agradecida…?

        

         No soy escritora, ni periodista, ni literata, ni poeta… ¡Si soy cristiana!, por eso doy mi testimonio de persona creyente y ¡Ay de mi si no lo hiciera! (S. Pablo) porque se lo debo.

        

         Hoy nos arrastra  una corriente de materialismo que nos impide gozar de nuestra condición de hijos de Dios, nos está prohibiendo ser felices, gozar de lo más grande que hay en el corazón humano: “ser agradecidos”, que no es una opción el serlo, sino un deber. Sin agradecimiento el hombre no es hombre, le falta la dimensión más personal, más filial

        

         Estamos tan habituados a creernos los dueños y señores de lo que no nos pertenece que la expresión nos resulta humillante ¿Por qué tengo que ser agradecido?

        

         A esta pregunta a lo primero que llegamos, en el mejor de los casos, es a dar una respuesta de tipo humano: por mi familia, por la salud, por mi trabajo, porque me va bien la vida… Nos equivocamos planteándolo de ese modo; eso son solo circunstancias, y un día pasarán, cambiarán. La respuesta tenemos que encontrarla en algo más consistente,  en algo que no pase nunca, que no dependa de las circunstancias.

        

         ¿Tenemos esa respuesta? Parece que Alguien la tenía:

Maimonides, personaje del siglo Xll, bien conocido, en los medios hospitalarios, (código deontológico, juramento hipocrático); filósofo, médico judío. De él son estas palabras, yo diría más bien súplicas a nuestro Dios y Señor:

 

“Haz, Dios mío que no vea en el hombre más que al que sufre”.

Haz que mis pacientes tengan confianza en mí y en mi arte…”.

“Otórgame, Dios mío la indulgencia y la paciencia necesarias al lado de los pacientes apasionados o groseros”.

“Si doctores más sabios que yo quieren ayudarme a entender, concédeme, Señor, el deseo de aprender de ellos, pues el conocimiento para curar no tiene límites”

 

         Este hombre sí que supo hallar el equilibrio entre el cumplimiento de su libro sagrado, la TORA con la vida cotidiana. ¿Dónde queda para nosotros, creyentes del siglo XXI, ese equilibrio entre nuestro libro sagrado la BIBLIA y nuestra actividad diaria?

        

         Estamos olvidando que tenemos un deber y una deuda infinita con Dios; no se trata de propinas. Los mandamientos nos los ha dado para que los cumplamos, en ellos están  inscritos nuestros deberes de hijos de Dios; y son ineludibles…

        

         ¿Quién nos ha eximido de la asistencia a la Eucaristía dominical, de la confesión, así,  con tanta alegría? ¿Cómo es que nuestras obligaciones y deberes de hijos  de Dios han cambiado de rumbo tan drásticamente, se han desvirtuado tanto que la Iglesia, lugar en el que se reúnen los cristianos en Asamblea, para escuchar la palabra de Dios, para alabarle y bendecirle, la hemos sustituido por el  Estadio de futbol, la liturgia por, goles, penaltis…, el altar por la  tribuna y a los bancos por el banquillo y nos quedamos tan tranquilos?

        

         No perdamos el hilo conductor, se llama Agradecimiento y es un deber, no un capricho que utilizo según el día que tenga o el buen humor que gaste. Con Dios, con su amor, con su paternidad no se juega.

        

         En un segundo momento  me brotan del corazón estas palabras, con   tintes de lamento: “Te has pasado, Señor, dándonos tantos medios, tantos dones”. Porque con tanta profusión de bienes creemos, ilusoriamente, que ya no te necesitamos; nos hemos hecho los dueños, de lo que Tú has puesto en nuestras manos. Y, siendo dueños y señores, ¿debemos agradecerte algo?

        

         Si no sabemos encontrar el sentido profundo de nuestras acciones, algo está fallando en nuestra condición de cristianos. Nuestra fe no es auténtica.

        

         Pensamos a veces que Dios nos olvida. Pronto comprobamos, en este centro hemos tenido la oportunidad de hacerlo, que no es así, que tiene cientos de embajadores que hacen las mismas cosas que hiciera el, porque Él está detrás de todo esto.

        

         No podemos olvidarnos tampoco de los que con nosotros compartieron habitación: Araceli, Javier, Conchita… gente sencilla, gente de visita que tiene sed de Dios y lo busca porque necesitan dar sentido a sus vidas, casi siempre maltrechas.

        

         Decía que no soy periodista, ni escritora…ni…ni…; pero ya les anticipé que era creyente, consagrada de por vida a seguir a Jesús, anunciadora y educadora cristiana al estilo de Emilia de Rodat a quien conocéis ya muchos en esta ciudad.

        

         Termino con estas palabras hermosísimas con las que nuestro Padre-Dios nos anima y consuela en momentos de sequía espiritual en este viernes, 8 de junio:

 

“Cuando eras muy joven, ya te amaba. Desde siempre te llamé. Te enseñé a caminar, te alzaba en brazos, y reía con tus risas, y me entusiasmaba con tus avances. Cuando algo te hería, yo era quien te curaba, aunque ni te dabas cuenta” (Oseas11, 1;3-4;8-9)

        

Después de esto ¿nos queda alguna duda?

        

¿Seguimos preguntándonos por qué tenemos que agradecer?

 

Por mi parte “no me duelen prendas” en decir alto y claro:

 

Agradezco a Dios desde lo más profundo de mí ser la oportunidad de mi estancia en este Hospital de Alcázar de San Juan.

Agradezco a los doctores, enfermeras, personal de servicio…todo el trabajo hecho con tanto respeto y dedicación

Agradezco a la Dirección su impecable gestión: orden, limpieza, comida, respeto, silencio, puntualidad…

                                     

                                                                  I.C. Religiosa de la Sagrada Familia

                                                                    en Alcázar  de San Juan, junio 2018

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